PANCHO GARFÍAS: LA DISTANCIA CON EL PODER

Por Tomás Zapata BOSCH

Conocí a don Francisco “Pancho” Garfías en la Unidad de Congresos del Centro Médico Nacional del Seguro Social, aquel recinto al que tuvo que mudarse la Cámara de Diputados después del incendio de San Lázaro en 1989. Yo llegaba de vez en cuando acompañado de mi amigo y hermano, el ya fallecido periodista Juan José Guijén. Los dos hacíamos nuestros pininos en la Ciudad de México y, como tantos provincianos que llegábamos a la capital con más ilusiones que dinero, recorríamos oficinas, salas de prensa y pasillos buscando abrirnos camino y, también hay que decirlo como era, buscando el apoyo de los políticos campechanos que por ahí pasaban.

Juan José trabajaba entonces cerca de mi amigo, hermano y maestro Heraclio Soberanis, en la Confederación Nacional Campesina, y yo estaba con Sergio Berzunza Camejo en el área de Relaciones Públicas de la propia CNC, donde después llegaría a desempeñar otras responsabilidades. Pero nuestra verdadera escuela seguía siendo el periodismo. Nos quedábamos horas en las salas de prensa de la CNC y del PRI Nacional, donde convivíamos con personajes que hoy forman parte de la historia del viejo periodismo mexicano. Uno de ellos era Rafael Cienfuegos, reportero de Excélsior, gran amigo nuestro, hombre de fuente, de calle, de sobremesa y de esas interminables conversaciones donde también se aprendía el oficio.

Fue precisamente Cienfuegos quien en una de aquellas jornadas nos presentó a Pancho Garfías. Acababa de regresar de Francia, donde había sido corresponsal de Excélsior, y comenzaba a meterse de lleno en la fuente legislativa junto con Lourdes Galaz, otra periodista formidable de aquella casa editorial. Me quedé conversando largamente con él. Después vinieron muchos otros encuentros, tanto en aquella sede provisional de los diputados como en el Senado. Juan José y yo hicimos amistad con Pancho y él, curioso como todo buen reportero, nos preguntaba constantemente por Campeche, por sus periodistas y particularmente por hombres como Óscar Alberto Pérez García y Carlos Reyes Alpuche Chichán, campechanos que también habían hecho camino en el periodismo de la capital.

Pero de Pancho Garfías me quedó algo mucho más importante que cualquier anécdota. Nos enseñó a mantener la distancia con los políticos. Juan José y yo éramos jóvenes periodistas tratando de sobrevivir en una Ciudad de México enorme, difícil y cara. Íbamos muchas veces detrás del famoso “chayo”, porque ésa era también una realidad del periodismo de aquellos tiempos y no tiene sentido esconderla medio siglo después. Mientras los políticos cobraban sueldos generosos, había reporteros contando las monedas para llegar al final de la semana.

Pancho nos veía ir y venir y alguna vez nos soltó una sentencia que jamás olvidé: “Ellos solitos van a venir. No se desesperen.” Y luego remataba con algo que terminó convirtiéndose para mí en una regla del oficio: “Siempre hay que mantener la distancia con los políticos. No somos iguales a ellos, ni nos parecemos, ni queremos ser como ellos.” Después, ya en corto y con ese realismo que sólo proporciona haber caminado muchos años las fuentes, agregaba: “Aunque a veces tengamos que vivir de ellos.” Esa frase encerraba una enorme lección: una cosa es la necesidad y otra muy distinta entregar la dignidad.

Con los años entendí mejor lo que Pancho quería enseñarnos. El periodista puede hablar con el poderoso, comer con él, beber un café, compartir información e incluso construir una relación de confianza, pero nunca debe olvidar de qué lado de la mesa está sentado. La cercanía sirve para obtener información; la distancia sirve para conservar la libertad. Cuando el reportero confunde una cosa con la otra, comienza a dejar de ser periodista para convertirse en acompañante del poder.

Francisco Garfías venía de otra escuela. Había sido corresponsal en París, había recorrido mundo y después hizo del Congreso mexicano prácticamente su segunda casa. Conoció presidentes, secretarios de Estado, gobernadores, senadores, diputados y dirigentes partidistas. Los vio llegar encumbrados y los vio marcharse olvidados. Él, en cambio, permaneció haciendo lo mismo: preguntar, escuchar, caminar pasillos, buscar información y escribir. Antes que columnista fue reportero y, hasta el final, nunca dejó de comportarse como tal.

Hoy que Pancho Garfías se nos adelanta, no quiero despedir solamente al autor de Arsenal, al corresponsal de Excélsior en Francia o al gran periodista político que durante décadas conoció como pocos las entrañas del Congreso mexicano. Yo quiero despedir al hombre que, en aquellos pasillos provisionales del Seguro Social, se tomó el tiempo de aconsejar a dos jóvenes periodistas campechanos que trataban de sobrevivir en la capital del país.

Juan José Guijén ya se había ido antes. Hoy se va también Pancho Garfías. Y yo me quedo con aquella voz diciéndonos, casi paternalmente: “No se desesperen. Ellos solitos van a venir.”

Tenías razón, don Pancho.

Descanse en paz uno de los grandes reporteros del periodismo mexicano.