
Octubre vuelve a poner frente a nosotros una palabra que utilizamos con orgullo, aunque ni siquiera hemos logrado ponernos completamente de acuerdo sobre cómo llamarla: campechanía o campechanidad. Y parece mentira, pero hasta eso nos divide. Cada octubre Campeche celebra sus tradiciones, sus costumbres, su gastronomía, sus bailes, su historia y los elementos que, de una u otra manera, nos permiten reconocernos como miembros de una misma comunidad. El punto de referencia es el 4 de octubre de 1540, fecha de la fundación de la Villa de San Francisco de Campeche por Francisco de Montejo, el Mozo, y con el paso de los años octubre terminó convertido en el mes dedicado a recordar y fortalecer aquello que identificamos como propio.
Pero antes de celebrar quizá valga la pena detenernos en las palabras, porque campechanía y campechanidad no son exactamente lo mismo, aunque las dos pueden utilizarse legítimamente. “Campechanía” es una palabra antigua del español. Proviene de “campechano” y del sufijo “-ía”, utilizado para formar sustantivos que expresan condición, cualidad o manera de ser. En el español general, campechanía significa principalmente sencillez, cordialidad, afabilidad, trato franco y ausencia de afectación. La propia lengua terminó utilizando “campechano” para describir a una persona abierta, sencilla, accesible y de trato fácil, y eso no ocurrió por casualidad. El gentilicio campechano terminó convirtiéndose en una palabra del español que describe una manera de comportarse. De alguna forma, el nombre de quienes nacimos en esta tierra trascendió las fronteras geográficas y acabó describiendo un carácter.
“Campechanidad”, en cambio, es una construcción distinta y mucho más reciente en su utilización como concepto cultural. También parte de “campechano”, pero utiliza el sufijo “-idad”, que sirve para formar sustantivos abstractos que expresan la cualidad o condición de algo. De la misma manera que hablamos de mexicanidad, humanidad o identidad, campechanidad puede entenderse como la condición de ser campechano y, en un sentido más amplio, como el conjunto de características históricas, culturales, sociales y simbólicas que conforman nuestra identidad. Gramaticalmente, por tanto, las dos palabras pueden explicarse y defenderse. Campechanía describe con enorme propiedad una manera de ser vinculada históricamente al carácter campechano, mientras que campechanidad permite expresar algo más amplio: la construcción colectiva de una identidad. Una habla principalmente del carácter; la otra puede abarcar la cultura, la historia, las costumbres, los símbolos y el sentimiento de pertenencia.
No tendríamos por qué pelearnos por ninguna. Pero somos campechanos. Y nos peleamos. Hay quienes defienden apasionadamente que debe decirse campechanía y quienes consideran que el término correcto para estas celebraciones es campechanidad. Se discute la palabra, se discute quién la utilizó primero, se discute quién tiene derecho a nombrarla y algunas veces terminamos perdiendo de vista aquello que supuestamente pretendíamos celebrar. Resulta casi una metáfora perfecta de nuestra historia: hasta para ponernos de acuerdo sobre cómo llamar a nuestra identidad encontramos una razón para dividirnos.
Y quizá precisamente por eso octubre debería servirnos no solamente para festejar, sino para reflexionar. Porque tampoco existe una sola manera de ser campechano. Campeche es mucho más complejo de lo que algunas veces queremos admitir. No es exactamente igual el campechano del Camino Real, profundamente vinculado cultural e históricamente con el mundo maya de la península, que el campechano de la capital formado durante siglos frente al mar, entre murallas, comercio, pesca y navegación. No es exactamente el mismo Campeche el de Calkiní, Bécal, Nunkiní y Dzitbalché que el de Hopelchén y los Chenes. Tampoco es igual Escárcega que Palizada, ni Candelaria que Calakmul. Y mucho menos puede explicarse Ciudad del Carmen únicamente desde la visión que tenemos quienes vivimos en la capital, porque Carmen posee una historia económica, social, pesquera, petrolera y comercial propia que ha determinado una personalidad igualmente propia.
Somos distintos, y eso no tendría por qué ser un problema. Al contrario. Probablemente la verdadera riqueza de Campeche consiste precisamente en que dentro de un territorio relativamente pequeño conviven muchas identidades. Está el Campeche maya, el Campeche colonial, el Campeche marinero, el Campeche de los Chenes, el Campeche del Camino Real, el Campeche selvático, el Campeche de los ríos, el Campeche petrolero, el Campeche pesquero y el Campeche agrícola. Está también el Campeche de comunidades que conservan formas de hablar, cocinar, trabajar y entender la vida diferentes unas de otras. Todos son Campeche.
Por eso reducir la campechanidad a las murallas, los pregones, el traje típico de la ciudad capital, las torres de Catedral, una jarana o determinados platillos sería dejar afuera una enorme parte del estado. Todo eso es profundamente campechano, pero Campeche no termina ahí. La campechanidad tendría que ser suficientemente grande para que dentro de ella quepamos todos. Y ahí aparece nuestra gran contradicción histórica.
Porque Campeche nació de una ruptura. La creación política del estado comenzó con el movimiento de agosto de 1857 y con el enfrentamiento que terminaría separando a Campeche de Yucatán. Pablo García, Tomás Aznar Barbachano, Juan Carbó, Pedro Baranda y otros personajes fundamentales de aquella generación participaron, desde diferentes posiciones, en el proceso que acabaría construyendo una nueva entidad política. Fue una generación extraordinaria, pero tampoco permaneció unida. Los hombres que participaron en la creación de Campeche terminaron teniendo diferencias, enfrentamientos y rupturas políticas entre ellos.
Y ahí parece comenzar una historia que los campechanos hemos repetido demasiadas veces. Nos unimos para construir algo y después comenzamos a disputarnos quién debe controlarlo. Construimos y posteriormente desconstruimos. Reconocemos el talento de alguien hasta que comienza a destacar demasiado. Apoyamos a quien empieza a subir hasta que sentimos que está subiendo más de lo permitido. Entonces aparece aquella imagen terrible, pero extraordinariamente gráfica, que tantas veces hemos utilizado para explicar nuestra historia: la lata de cangrejos. Cuando uno intenta salir, los demás lo jalan hacia abajo.
Desde 1857 hemos demostrado muchas veces una enorme capacidad para enfrentarnos entre nosotros. Cambian las generaciones, cambian los apellidos, cambian los grupos políticos, cambian los partidos y cambian los gobiernos, pero el mecanismo algunas veces parece increíblemente parecido. Campeche contra Carmen. Carmen contra Campeche. El norte contra el centro. El sur contra el norte. Los de aquí contra los que llegaron. Los antiguos contra los nuevos. Los de un grupo contra los del otro. Los que gobiernan contra los que gobernaron. Y algunas veces hasta las familias contra las familias.
Por eso resulta profundamente paradójico que dediquemos un mes entero a celebrar nuestra identidad y podamos pasar los otros once meses cuestionando al campechano que tenemos enfrente. Podemos vestir a nuestros niños con traje regional, organizar desfiles, bailar jarana, cocinar nuestros platillos tradicionales y llenar nuestras calles de música y colores. Todo eso es valioso y debe conservarse. Pero la identidad verdadera no puede medirse solamente por la cantidad de veces que utilizamos un traje típico durante octubre.
Ser campechano tendría que significar algo más profundo. Significaría entender que el éxito de Carmen también beneficia a Campeche, que el desarrollo del Camino Real fortalece al estado, que los Chenes forman parte indispensable de nuestra identidad, que Calakmul no es una región distante sino una parte esencial de nosotros, y que Palizada, Candelaria, Escárcega, Champotón, Seybaplaya, Dzitbalché, Calkiní, Hopelchén y cada una de nuestras comunidades aportan algo distinto a aquello que llamamos Campeche.
La identidad no consiste en que todos seamos iguales. Consiste precisamente en poder reconocernos como parte de un mismo territorio a pesar de nuestras diferencias. Quizá ese debería ser el verdadero significado de octubre. No preguntarnos solamente cómo vestían nuestros abuelos, sino qué clase de campechanos queremos ser nosotros. No discutir eternamente si debemos llamarlo campechanía o campechanidad. Las dos palabras pueden convivir. Una puede hablarnos de nuestro carácter y la otra puede hablarnos de nuestra identidad colectiva. Lo verdaderamente absurdo sería convertir también esas dos palabras en otro campo de batalla.
Aunque, conociéndonos, tampoco sería extraño. Porque llevamos casi 170 años demostrando que podemos encontrar una diferencia prácticamente en cualquier cosa. Tal vez haya llegado el momento de probar algo distinto: aceptar que Campeche tiene muchas identidades y que ninguna necesita desaparecer para que exista la otra. Entender que nuestra diversidad no es el problema. El problema comienza cuando utilizamos esa diversidad como argumento para enfrentarnos.
Octubre podría entonces dejar de ser solamente el mes en que recordamos cómo se vestían, qué comían o qué bailaban quienes estuvieron antes que nosotros. Podría convertirse en el mes en que nos preguntemos por qué una tierra tan pequeña, con tanta historia, tantos recursos, tanta cultura y tanta gente valiosa ha perdido tantas oportunidades peleando consigo misma.
Campechanía o campechanidad. Llámela usted como quiera. Las dos caben. Lo que debería preocuparnos no es cuál palabra utilizamos, sino que después de casi 170 años todavía estemos aprendiendo algo mucho más elemental: a ser campechanos sin tener que rompernos la madre entre nosotros