EL FORO AKIMPECH: CAMPECHE NECESITA CONSTRUIR NO DESTRUIR

La discusión sobre la construcción del nuevo Teatro y Centro Cultural Multifuncional en el Foro Ah Kim Pech tiene que salir del terreno de las filias y las fobias políticas. La Cámara Mexicana de la Industria de la Construcción, Delegación Campeche, acaba de expresar públicamente su respaldo al proyecto y pone sobre la mesa un argumento que merece ser atendido: una inversión de 290 millones de pesos, en un estado necesitado de actividad económica, empleo y obra pública, no puede analizarse solamente desde la confrontación política.

La CMIC sostiene que la participación de empresas constructoras locales permitirá que una parte importante de esa derrama permanezca en Campeche, genere empleos directos e indirectos y abra oportunidades para pequeñas y medianas empresas mediante proveeduría y subcontratación. Ese punto es fundamental. Cada peso que circula entre constructores, trabajadores, proveedores, transportistas, comerciantes y prestadores de servicios locales tiene un efecto multiplicador en una economía que durante demasiado tiempo ha resentido la falta de grandes proyectos de inversión.

Por supuesto que los campechanos tenemos derecho a preguntar. Tenemos derecho a saber cuánto costará, quién construye, cómo se adjudicó, cuáles serán los tiempos, qué calidad tendrán los trabajos y qué utilidad real tendrá el inmueble cuando sea terminado. La propia CMIC señala que deberá vigilarse que la obra se ejecute con calidad, transparencia, eficiencia técnica y respeto a la normatividad. Apoyar una obra no significa entregar un cheque en blanco al gobierno. Significa exigir que se haga bien y que verdaderamente beneficie a Campeche.

Pero también debemos reconocer algo que nuestra propia historia nos ha enseñado. Muchas de las obras realizadas durante los gobiernos de Alberto Trueba Urbina, José Ortiz Ávila, Carlos Sansores Pérez y otros gobernadores fueron discutidas, cuestionadas e incluso combatidas en su momento. Después, con el paso de los años, varias terminaron incorporándose a la vida cotidiana de Campeche y hoy nadie imagina a la ciudad sin parte de aquella infraestructura. Las obras públicas deben juzgarse por su utilidad, su calidad y su permanencia, no solamente por el nombre o el partido de quien las construye.

Y aquí vuelve inevitablemente nuestra vieja lata de cangrejos. En Campeche hemos desarrollado durante generaciones una extraordinaria capacidad para encontrarle un defecto a todo, especialmente cuando la iniciativa viene del adversario político. Si gobierna uno, el otro descalifica; si mañana gobierna el otro, sucederá exactamente lo contrario. Así llevamos décadas. La oposición cumple una función indispensable cuando fiscaliza, denuncia irregularidades y obliga al poder a rendir cuentas. Pero otra cosa muy distinta es convertir la oposición política en oposición sistemática al desarrollo del estado.

El Foro Ah Kim Pech es, además, un espacio emblemático y extraordinariamente ubicado. Convertirlo en un recinto moderno, seguro y multifuncional, capaz de albergar espectáculos, actividades culturales, convenciones y eventos de mayor dimensión puede ampliar la infraestructura cultural y turística de la capital. Lo importante será garantizar que conserve su vocación pública, que no termine convertido en un elefante blanco y que las actividades tradicionales de los campechanos sigan teniendo cabida en ese espacio.

Que se cuestione. Que se fiscalice. Que se revise cada peso. Que se exija transparencia absoluta. Pero que no volvamos a cometer el error de pensar que para derrotar políticamente a un gobierno hay que desear que fracasen también sus obras. Los gobiernos pasan; las obras útiles se quedan y son de los campechanos.

Campeche necesita inversión, necesita empleos, necesita empresas trabajando y necesita recuperar dinamismo económico. Ya tendremos tiempo de decidir en las urnas quién merece gobernarnos. Mientras tanto, cuando exista una inversión capaz de generar trabajo y dejar infraestructura útil, debemos procurar que se haga, que se haga bien y que el dinero beneficie principalmente a nuestra gente. Porque si cada vez que uno de nosotros intenta subir volvemos a jalarlo hacia el fondo de la lata, el problema ya no serán los gobiernos ni los partidos: el problema seguiremos siendo nosotros mismos.