
Por Tomás Zapata Bosch
Este martes 20 de octubre recordamos el natalicio de una mujer extraordinaria, una de las grandes figuras de la educación campechana: la maestra Concepción Durán Lanz, nacida en 1912 y conocida cariñosamente por generaciones de alumnos y compañeros como la maestra Conchita.
Su nombre pertenece a esa generación de educadores que contribuyeron decisivamente a la formación intelectual, cultural y humana de nuestro estado. Mujeres y hombres que entendieron que enseñar no consistía únicamente en transmitir conocimientos, sino también en formar personas, despertar vocaciones y sembrar principios que habrían de acompañar a sus alumnos durante toda la vida.
Egresada de la Escuela Normal de Profesores del Instituto Campechano, fue la primera directora de la Escuela Primaria «Justo Sierra Méndez» en 1948 y, posteriormente, en 1950, asumió la dirección de la Escuela Normal de Profesores del propio Instituto Campechano.
Fue precisamente en aquella Escuela Normal donde su historia se vinculó con la de mi familia.
La maestra Conchita fue profesora y directora de la Normal durante los años en que mi madre, la maestra Cándida Bosch de Zapata, realizó sus estudios para convertirse en educadora. Entre ambas existió una relación de profundo cariño, respeto y admiración que trascendió las aulas y permaneció viva a lo largo de los años.
Mi madre la quería entrañablemente y Conchita también le profesaba un afecto muy especial. Lo recuerdo porque, durante mi infancia y juventud, escuché en innumerables ocasiones a mi mamá hablar de ella. La evocaba con admiración, con gratitud y, muchas veces, con una sonrisa al repetir alguno de sus dichos o aquellas frases tan peculiares que formaban parte de su personalidad.
De tanto escuchar hablar de la maestra Conchita, su nombre terminó por convertirse en uno de esos personajes familiares que conocemos mucho antes de comprender plenamente la importancia histórica de su trayectoria.
Y es que hay maestros cuyo verdadero legado no se encuentra solamente en los cargos que desempeñaron ni en los reconocimientos que recibieron, sino en la memoria afectiva de quienes tuvieron el privilegio de aprender de ellos. La maestra Conchita pertenecía, indudablemente, a esa categoría.
Su talento y su preparación la llevaron mucho más allá de Campeche. Ocupó responsabilidades de gran relevancia dentro de la Secretaría de Educación Pública Federal, fue coordinadora de la SEP en Puebla, Veracruz y Chihuahua, y llegó a desempeñarse como jefa del Departamento Técnico de Educación Primaria a nivel nacional.
Recibió un diploma y un premio especial como Maestra Distinguida de Enseñanza Primaria, entregados por el presidente de la República y el secretario de Educación Pública.
En 1988 se convirtió en la primera persona distinguida con la Medalla «Guillermo González Galera», reconocimiento que el Instituto Campechano otorga a sus egresados más sobresalientes. También recibió del Honorable Ayuntamiento de Campeche el Premio Municipal «San Francisco de Campeche», por sus extraordinarios méritos en el campo de la educación.
Pero más allá de todos esos honores, existe una dimensión de su vida que considero particularmente valiosa: la huella que dejó en sus alumnos, especialmente en aquellas jóvenes campechanas que, como mi madre, encontraron en el magisterio una vocación y una manera de servir a la sociedad.
Conchita Durán Lanz fue una mujer de inteligencia, carácter, preparación y sensibilidad. Una educadora que supo ganarse el respeto de las instituciones y, algo todavía más difícil, el cariño perdurable de quienes la conocieron.
Hoy, al cumplirse 114 años de su nacimiento, la recuerdo no solamente por lo que representó para la educación de Campeche y de México, sino también por aquellas conversaciones con mi madre, por sus anécdotas, por sus frases y por la enorme admiración con que siempre pronunciaba su nombre.
Porque hay personas que permanecen vivas mientras alguien siga recordándolas con cariño. Y en mi memoria, la maestra Conchita Durán Lanz siempre estará ligada a la voz de mi madre, la maestra Cándida Bosch de Zapata.
Esa es, quizá, la forma más hermosa de trascender: permanecer en la memoria y en el corazón de quienes aprendieron de nosotros.