
Por Tomás Zapata Bosch
Hoy se cumplen 180 años de un acontecimiento que nos obliga a revisar una de las páginas más incómodas de nuestra historia. El 25 de octubre de 1846, Campeche fue escenario de un pronunciamiento político contra el orden encabezado por Miguel Barbachano. Faltaban once años para que comenzara nuestra separación de Yucatán, pero los enfrentamientos entre los grupos políticos ya estaban presentes. Desde entonces hemos vivido una larga historia de divisiones, rivalidades, ambiciones y disputas por el poder. Y aunque sería injusto responsabilizar de todos nuestros problemas a esas diferencias, estoy convencido de que los campechanos hemos pagado un precio muy alto por nuestra incapacidad para unirnos alrededor de los grandes intereses de esta tierra.
No es una ocurrencia mía. En 1909, el historiador campechano Gustavo Martínez Alomía publicó una obra que debería ser lectura obligatoria para quienes gobiernan, aspiran a gobernar o simplemente quieren entender por qué Campeche no ha alcanzado el desarrollo que merece. Su título es suficientemente revelador: Causas que han determinado la decadencia del Estado de Campeche. Martínez Alomía examinó la situación económica, política y social de nuestra entidad y encontró problemas que, más de un siglo después, conservan una preocupante actualidad. Habló de la emigración de campechanos, de las dificultades para sostener la industria y la agricultura, de la falta de solidaridad entre nosotros y de las discordias personales alimentadas por las pasiones políticas. Lo escribió hace 117 años. Y pareciera que algunas de sus observaciones fueron hechas ayer.
Nuestra historia política está llena de ejemplos. Primero las confrontaciones entre los seguidores de Santiago Méndez y Miguel Barbachano; después, los acontecimientos que llevaron a la separación de 1857, con Pablo García y Tomás Aznar Barbachano entre sus principales protagonistas. Más adelante vendrían las rivalidades entre los grupos vinculados a los Baranda y los herederos políticos del garcía-aznarismo. Las diferencias llegaron a tal grado que, entre 1875 y 1911, Campeche tuvo 22 cambios de mandatario, cuando solamente debieron desarrollarse nueve periodos ordinarios de gobierno. Veintidós relevos en poco más de tres décadas. Imagínense lo difícil que resultaba construir proyectos de largo plazo en medio de semejante inestabilidad. Y mientras unos luchaban por conservar el poder y otros por arrebatárselo, los problemas económicos y sociales seguían esperando soluciones.
Aquí aparece nuevamente aquella expresión que tanto hemos utilizado: la lata de cangrejos. Cuando uno intenta salir, los demás lo jalan hacia abajo. Naturalmente, no todos los campechanos somos así, ni podemos desconocer los extraordinarios ejemplos de solidaridad y generosidad que existen en nuestra sociedad. Pero también tenemos que reconocer que hemos desarrollado una lamentable costumbre de combatir al que destaca, desconfiar del que emprende, desacreditar al que piensa diferente y obstaculizar al que pertenece a otro grupo político. Hemos convertido demasiadas diferencias personales en conflictos públicos. Y lo más grave es que muchas veces terminamos perjudicando no solamente al adversario, sino a toda la sociedad campechana.
Ahora llevemos esta reflexión al terreno que verdaderamente importa: ¿cuántas inversiones hemos perdido por nuestros enfrentamientos? ¿Cuántas empresas pudieron establecerse en Campeche y terminaron buscando otros lugares? ¿Cuántos empleos dejaron de crearse porque no fuimos capaces de ofrecer acuerdos, continuidad y condiciones favorables para invertir? No conozco un estudio que permita responder con cifras precisas estas preguntas y sería irresponsable inventarlas. Pero sí podemos plantear una hipótesis razonable: cuando un inversionista encuentra incertidumbre política, disputas permanentes, proyectos sujetos a los cambios de gobierno o sectores enfrentados que dificultan los acuerdos, tiene motivos para considerar otros destinos. No podemos asegurar que determinadas empresas se hayan marchado por estas razones sin pruebas documentales. Lo que sí podemos afirmar es que la estabilidad institucional y la certeza para invertir son fundamentales para generar actividad económica y empleos.
Hay un episodio relativamente reciente que demuestra cómo las decisiones políticas pueden afectar las expectativas de desarrollo. En 2019, cuando el gobierno federal canceló las Zonas Económicas Especiales, el entonces secretario de Desarrollo Económico de Campeche advirtió que estaban en riesgo inversiones proyectadas por 3,500 millones de dólares y la posibilidad de generar más de 50 mil empleos. Eran expectativas, no inversiones ni empleos cuya pérdida se hubiera comprobado posteriormente. Pero hoy Campeche tiene, de nueva cuenta, una extraordinaria oportunidad con el Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar, impulsado por el gobierno de la República en coordinación con el gobierno del estado. Se están concatenando circunstancias, proyectos, inversiones potenciales y esfuerzos institucionales que pudieran llevarnos, finalmente, al verdadero despegue económico que durante tantas décadas hemos esperado. Hay condiciones que podrían favorecer la llegada de empresas, la generación de empleos y una nueva etapa de crecimiento. Ojalá que esta vez sepamos aprovecharlas, que los intereses políticos y personales no terminen imponiéndose sobre los intereses de Campeche y que, de nueva cuenta, no seamos nosotros mismos quienes acabemos rompiéndole la madre a una oportunidad histórica para nuestra tierra.
Y aquí está lo que más me preocupa. Campeche tiene recursos naturales, ubicación geográfica, patrimonio histórico, atractivos turísticos, puertos, tierras productivas y gente preparada. Tenemos condiciones para desarrollar industrias, fortalecer la actividad agropecuaria, impulsar el turismo, atraer empresas y generar empleos mejor remunerados. Sin embargo, demasiados jóvenes siguen encontrando fuera de Campeche las oportunidades que quisieran tener en su propia tierra. No podemos atribuir esa realidad únicamente a nuestras divisiones; existen problemas estructurales, económicos y nacionales que también debemos atender. Pero tampoco podemos seguir actuando como si los enfrentamientos políticos no tuvieran consecuencias. Cada proyecto que se paraliza por una disputa innecesaria, cada iniciativa que se rechaza solamente porque viene del adversario y cada esfuerzo colectivo que fracasa por intereses personales representa una oportunidad que difícilmente podremos recuperar.
Por eso quiero regresar a Gustavo Martínez Alomía. Aquel campechano tuvo el valor de escribir sobre la decadencia de su propio estado cuando seguramente habría resultado más cómodo guardar silencio o limitarse a celebrar nuestras glorias. Su diagnóstico fue severo, incluso discutible en algunas de sus conclusiones, pero tuvo una virtud extraordinaria: puso sobre la mesa problemas que muchos preferían no reconocer. Más de un siglo después seguimos necesitando esa capacidad de autocrítica. No para denigrar a Campeche ni para afirmar que todo está mal, sino para entender que ninguna sociedad puede avanzar plenamente si sus grupos dirigentes dedican más tiempo a disputarse el poder que a construir las condiciones necesarias para generar riqueza, inversiones y bienestar.
Hoy, a 180 años de aquel pronunciamiento de octubre de 1846, creo que ha llegado el momento de preguntarnos si queremos seguir escribiendo la misma historia. Campeche necesita gobiernos capaces, empresarios dispuestos a invertir, trabajadores preparados, universidades comprometidas con el desarrollo y una sociedad que sepa exigir resultados sin convertir todas sus diferencias en guerras personales. Necesitamos una oposición que critique y proponga, gobiernos que escuchen y una clase política que comprenda que el progreso de Campeche debe estar por encima de cualquier partido, apellido o ambición individual. No estoy proponiendo que dejemos de pensar diferente. Estoy proponiendo que aprendamos a trabajar juntos a pesar de nuestras diferencias. Porque mientras nosotros seguimos peleándonos, el tiempo pasa, las oportunidades se reducen y nuestros jóvenes se marchan en busca de lo que aquí no hemos sabido ofrecerles.
Gustavo Martínez Alomía denunció la decadencia de Campeche en 1909. Estamos en 2026 y seguimos discutiendo problemas que él ya había identificado. No podemos permitir que dentro de otros cien años alguien vuelva a escribir sobre nuestra incapacidad para ponernos de acuerdo. Ya es tiempo de salir de la lata de cangrejos. Porque cada vez que un campechano jala hacia abajo a otro, no solamente perjudica a una persona: puede estar contribuyendo a frenar el futuro de toda nuestra tierra.