CAMPECHE Y LA HISTORIA DE LAS INUNDACIONES QUE NO DEBEMOS OLVIDAR

Hace apenas dos días, Campeche volvió a enfrentarse a una escena que ya forma parte de una historia demasiado larga. Las lluvias asociadas al frente frío número 2 dejaron alrededor de 500 personas afectadas, tres viviendas inundadas, 15 vehículos varados, cinco cierres viales temporales y al menos 12 atenciones de Protección Civil. Medios locales como Por Esto! reportaron precipitaciones de 115.6 milímetros en Nohyaxché y 53.7 milímetros en el Observatorio de Campeche, además de afectaciones en zonas como Santa Lucía, Flor de Limón y San Joaquín, así como en avenidas de intenso tránsito como Concordia, Gobernadores, Lázaro Cárdenas y Héroes de Nacozari. Lo ocurrido vuelve a demostrar que el problema no es nuevo y que Campeche sigue siendo extraordinariamente vulnerable al agua.

La Universidad Autónoma de Campeche ha documentado con especial precisión esa historia. En su Diagnóstico de Riesgos por Inundación para la Ciudad de Campeche presenta una cronología que comienza, por lo menos, en 1807 y registra grandes inundaciones en 1869, 1887, 1911 y numerosos episodios posteriores. No estamos hablando, por tanto, de una eventualidad aislada ni de una condición surgida con el crecimiento urbano contemporáneo. Campeche ha convivido durante más de dos siglos con avenidas de agua, zonas bajas, cauces naturales y temporales que periódicamente han puesto a prueba a la ciudad.

Uno de los episodios más graves ocurrió el 26 de octubre de 1869. Los estudios históricos recuperados por la Universidad Autónoma de Campeche señalan que una fuerte precipitación afectó el Centro, Santa Ana, La Alameda, el Puente de los Perros, San Román, Santa Lucía, La Ermita, San Francisco y Guadalupe. Otros materiales educativos e históricos sobre Campeche describen que el agua alcanzó aproximadamente dos metros dentro del antiguo recinto amurallado y hasta cuatro metros en algunos barrios periféricos. Hubo muertos, viviendas destruidas, pérdidas materiales y familias enteras que necesitaron auxilio. La magnitud de la tragedia obligó a organizar colectas públicas y se reunieron alrededor de dos mil pesos de la época para ayudar a los damnificados.

Pero 1869 tampoco fue una excepción. El propio estudio de la Universidad Autónoma de Campeche registra otra gran inundación el 13 de octubre de 1887. La documentación de aquellos días puede rastrearse incluso en el Periódico Oficial del Gobierno del Estado Libre y Soberano de Campeche, que publicó notas tituladas “Temporal”, “Gobierno del Estado” y “El temporal en Campeche” durante octubre de ese año. La inundación alcanzó la antigua calle de La Muralla, hoy calle 8, la Plaza Mayor hasta la calle 10 y los barrios de Santa Ana, San Francisco, Guadalupe y San Román. Investigaciones históricas posteriores también documentan que el ciclón de octubre de 1887 causó daños en distintas poblaciones del estado, destruyó casas, ranchos, obras públicas, cultivos y embarcaciones.

En 1911 volvió a repetirse la historia. La cronología recogida por investigadores de la Universidad Autónoma de Campeche registra inundaciones en La Alameda, calle 59, calle 14, la Calle de la Zanja, Puente de la Viga y Calle del Toro, con reportes de agua de hasta dos metros en algunos puntos. Décadas después, la ciudad siguió construyendo obras para intentar controlar el problema. En 1948 comenzaron estudios topográficos e hidrológicos y se proyectaron estructuras como la Zanja de San Martín, de 1,260 metros de longitud y diseñada para desalojar 1.44 metros cúbicos de agua por segundo, así como la Ría de San Francisco, calculada para conducir 2.5 metros cúbicos por segundo.

Esa información es importante porque demuestra que desde hace décadas las autoridades sabían que Campeche necesitaba infraestructura específica para conducir el agua. El mismo diagnóstico universitario registra que entre 1962 y 1967 fue cubierto el canal de la Zanja de San Martín, y posteriormente se realizaron nivelaciones y nuevas obras de drenaje en distintos puntos de la ciudad. Con el paso del tiempo, sin embargo, la mancha urbana creció, se modificaron cauces, se rellenaron zonas bajas y se construyó sobre terrenos cuya función natural había sido precisamente recibir, conducir o almacenar agua durante las lluvias extraordinarias.

Por eso resulta demasiado sencillo explicar cada inundación diciendo solamente que “llovió demasiado”. Claro que existen precipitaciones excepcionales, frentes fríos, tormentas tropicales y huracanes capaces de superar cualquier infraestructura. Pero una ciudad que conoce desde 1807, 1869, 1887 y 1911 cuáles son sus zonas vulnerables tiene también la obligación de planear en consecuencia. Cuando el agua vuelve una y otra vez a los mismos puntos, cuando las avenidas se convierten en ríos improvisados y cuando automóviles y viviendas resultan afectados cada temporada, la discusión ya no puede quedarse exclusivamente en el clima. También debe hablarse de drenaje, mantenimiento, crecimiento urbano, relleno de zonas bajas y respeto a los antiguos escurrimientos naturales.

Lo ocurrido hace dos días debe analizarse precisamente desde esa perspectiva histórica. En 1869 el agua alcanzó dos y hasta cuatro metros; en 1887 volvió a penetrar en el Centro y en los barrios tradicionales; en 1911 existen reportes de hasta dos metros en determinadas zonas; y en 2026 seguimos viendo calles cerradas, automóviles varados, viviendas afectadas y centenares de personas enfrentándose nuevamente al mismo problema. Campeche lleva más de dos siglos diciéndonos por dónde corre el agua. La verdadera pregunta es por qué, después de tanta evidencia, seguimos actuando tantas veces como si cada inundación fuera la primera.