MI HISTORIA EN EL ASFALTO

Por Tomás Zapata BOSCH

Me dio mucho gusto enterarme de que en Campeche existen ya varios grupos de motociclistas organizados en clubes y, sobre todo, que en días pasados se inauguró un monumento alusivo al motociclista. Me parece importante. El motociclismo tiene ya una historia propia en Campeche y quienes andamos o hemos andado sobre dos ruedas tenemos derechos, pero también responsabilidades. Ser motociclista no es solamente subirse a una máquina, acelerar y sentir el viento. También significa respetar la carretera, respetar a los demás, utilizar el equipo adecuado y entender que sobre dos ruedas cualquier error puede costar muy caro.

En otra entrega les voy a contar una historia distinta, pero también muy importante: cómo un grupo de motociclistas de distintas partes del país nos involucramos para que México tuviera una norma propia que regulara los cascos para motociclistas. Una NOM. Durante muchos años no existió una regulación mexicana específica y se utilizaban como referencia certificaciones europeas, norteamericanas o japonesas. Finalmente México avanzó en ese tema y ahora corresponde adecuar también las legislaciones locales de los estados. Pero esa es otra historia. Hoy quiero contar cómo empezó la mía.

Yo era muy joven cuando trabajé en la Policía de Campeche. Fue mi segundo o tercer trabajo y era jefe de prensa de la corporación. En aquel entonces todavía no podía decir que tuviera una gran pasión por las motocicletas, pero un día apareció una oportunidad que terminó marcando el principio de todo. Mi amigo Arturo Segovia tenía una Carabela 175 negra, prácticamente nueva, preciosa. Yo tenía unas bocinas Sansui, unos bafles que en aquellos años eran una maravilla, y terminamos haciendo un cambio: mis Sansui por aquella Carabela. Así empezó mi historia en el asfalto. La tuve unos seis meses. Era una motocicleta sencilla, mexicana, pero bastó para despertar algo que seguramente ya estaba dentro de mí. Yo quería una moto de alta cilindrada. El problema es que en aquellos años tener una motocicleta grande en México era prácticamente imposible para una persona común. La política proteccionista del país hacía que las motos importadas pagaran aranceles enormes; se hablaba incluso de cifras cercanas al 800 por ciento. Una motocicleta grande podía costar mucho más que un automóvil de lujo y, en algunos casos, hasta más que una casa. Era un privilegio de muy pocos.

Las motocicletas de mayor cilindrada permitida legalmente en México eran las Carabela 350, de dos tiempos, que además sonaban espantosamente. En Campeche las motos verdaderamente grandes podían contarse con los dedos de una mano. El licenciado Mengual tenía dos BMW. Milo Sandoval, hijo del recordado rector Don Ermilo Sandoval, tenía una Kawasaki 1000. El señor Cárdenas, papá del coach Iván tenía una Honda 450 de ¡cuatro cilindros! que era una verdadera joya. Recuerdo perfectamente cómo sonaba. Aquello era música. Y párale de contar.

Los pocos que compartíamos aquel gusto terminábamos reuniéndonos en el taller de José Amábilis, sobre la avenida Gobernadores. José ha sido durante décadas uno de los grandes referentes de la mecánica de motocicletas en Campeche, precursor del motocross y campeón nacional. Su taller era punto de encuentro, escuela informal, lugar de conversación y, para muchos de nosotros, también el sitio donde uno iba a soñar con máquinas que casi nadie podía comprar. El Mexicano era el único otro mecánico que reparaba motos de alta cilindrada.

En algún momento comenzó a correr la voz de que yo andaba buscando una moto grande. Alguien me dijo que un mecánico que vivía por el rumbo del entonces estadio Venustiano Carranza tenía una. La historia era extraordinaria. Un norteamericano venía recorriendo México en motocicleta, sufrió una caída, se fracturó una pierna y tuvo que regresar en avión a Estados Unidos. La moto quedó en Campeche, prácticamente en consignación, con aquel muchacho. Fui a verla y era una Yamaha XS 400. Para mí aquello ya era otra cosa. El problema era que él no podía circularla. En aquellos años existían la Policía Judicial Federal y el Registro Federal de Vehículos, que perseguían automóviles y motocicletas introducidos irregularmente al país. Si salía con aquella Yamaha, corría el riesgo de que se la decomisaran. Yo trabajaba en la policía y tenía ciertas facilidades y “valores entendidos” para poder usarla . A él le gustó mi Carabela y apareció nuevamente el trueque. Dando y dando. Él se quedó con mi Carabela y yo me llevé la Yamaha.

Me costó prácticamente una semana aprender a arrancarla. La motocicleta tenía todo preparado para encendido eléctrico, pero no lo traía. Había que arrancarla de patada y aquellos motores no eran precisamente amables con quien no sabía encontrarles el punto. Cuando finalmente aprendí, la disfruté enormemente. Hasta que la maté. Literalmente. Una tarde de domingo mi hermano, compadre y amigo José Luis López Castillo y yo íbamos rumbo al cine de La Cruz para ver la función vespertina. Para decir las cosas como fueron, además íbamos bastante crudos. Por alguna razón aceleré demasiado. El cárter prácticamente se abrió en dos, el aceite salió disparado y terminó sobre la llanta trasera. La motocicleta empezó a moverse de un lado para otro. Podría decir que gracias a la enorme pericia de este experimentado conductor logré controlarla, pero sería una mentira monumental. Fue suerte. Y gracias a Dios. Logré mantenerla sobre las ruedas y ninguno de los dos terminó en el suelo. A nosotros no nos pasó nada. La Yamaha, en cambio, pasó a mejor vida.

Después tuve una Honda 500 que conseguí también dentro de aquel mercado semiclandestino de motocicletas grandes que existía entonces. Me la trajeron de Chetumal y la utilicé durante algún tiempo. Era físicamente pequeña para una cilindrada bastante respetable, pero nuevamente me daba aquello que yo buscaba: sentir que debajo de mí había una máquina seria.

Tiempo después me fui a vivir y trabajar a la Ciudad de México y ahí comenzó otra etapa. Los fines de semana frecuentaba mucho la Zona Rosa, particularmente el Angus. En aquellos años se reunía ahí gente de muy alto poder adquisitivo, empresarios, personajes conocidos, artistas y personas que podían darse lujos que para la mayoría de los mexicanos eran imposibles. En ese ambiente conocí también a gente vinculada con las familias propietarias de joyerías como Joskes y La Princesa, dentro de aquel mundo de la relojería de lujo y de la importación de Rolex a México, también condicionada entonces por las políticas proteccionistas del país. Las rodadas salían de ahí o del monumento a la revolución.

Ahí conocí a Xavier López, “Chabelo”. Sí, Chabelo. Le gustaban muchísimo las motocicletas. Me veía acercarme y aunque hay quien dice que tenía un feo carácter, conmigo no fue así: un día me dijo: “Oye, ¿no te quieres ir con nosotros a Cuernavaca?”. Por supuesto que quería. Fui a su casa, en Iztapalapa, y en 2 ocasiones me prestó una Suzuki Katana 750. Chabelo iba en su Harley-Davidson y yo me iba en la Katana. Esa moto fue vendida únicamente en el mercado norteamericano. En otras ocasiones otro gran amigo Miguel Santiago me prestaba una honda 750.

Aquellas salidas rumbo a Cuernavaca fueron inolvidables. Por la carretera libre México-Cuernavaca pasábamos por Tres Marías, en Huitzilac, Morelos, que ya comenzaba entonces a convertirse en punto de reunión de motociclistas. En aquellos años podían juntarse cuarenta o cincuenta motos un fin de semana. Hoy llegan cientos y miles. Por la libre también existían desvíos y conexiones hacia otros caminos y poblaciones de la zona, pero Tres Marías era la referencia natural de aquella ruta.

En otras ocasiones tomábamos la autopista de cuota México-Cuernavaca, la 95D, que atraviesa la zona montañosa entre el Valle de México y Morelos y comienza luego el descenso hacia Cuernavaca. Ahí está La multihomicida Pera, una de las curvas más conocidas del país, una curva larguísima, cerrada y peraltada que parece no terminar nunca. Pasarla en una Katana 750 era una experiencia que no se olvida.

Ahí uno entiende que llega un momento en que deja de acelerar solamente con la mano y con la cabeza. Empieza a acelerar con los huevos. Entrába aproximadamente a 120 kilómetros por hora. Más allá de eso, por lo menos para mí, ya era tentar demasiado a la muerte. La motocicleta inclinada, el cuerpo acompañando la trayectoria pegado literalmente al pavimento, la vista buscando la salida que nunca aparece y el motor sosteniendo todo aquello. Cuando finalmente terminaba La Pera y la moto volvía a quedar derecha, uno respiraba otra vez. Literalmente.

También recorrimos carreteras rumbo a Tlaxcala y otros lugares. Ahí conocí realmente la velocidad, las curvas y esa sensación de libertad que solamente entiende quien ha viajado en una motocicleta. Agradezco hasta hoy a Chabelo y a otros amigos que me prestaron motos durante aquellos años. Gracias a ellos pude manejar máquinas que de otra manera probablemente nunca habría conocido.

Después regresé a Campeche y apareció otra motocicleta inolvidable. Sergio Illescas “Bulle” me vendió una Honda CBR 1000 completamente carenada, roja, preciosa. Ya comenzaban a llegar legalmente al país algunas motocicletas grandes y aquella Honda era espectacular. Con ella recorrí muchas veces la antigua carretera a Mérida y muchas otras carreteras de Campeche. Casi siempre me iba solo. Todavía no existían los grandes grupos de motociclistas ni las rodadas multitudinarias de hoy. Es más, todavía no había motos grandes en Campeche. Yo simplemente salía a manejar, a escuchar el motor, a sentir el viento y muchas veces a llegar a ninguna parte.

Entonces nacieron mis hijos y la vida empezó a cobrar otro sentido. Un día hice una de esas barbaridades que uno comete cuando todavía cree que es inmortal. Me llevé a Roberto, que era el más pequeño, montado conmigo en una cangurera mientras manejaba la motocicleta. Mi mamá y mi esposa se enteraron y prácticamente me decomisaron la moto. El argumento fue contundente: “Tienes una responsabilidad con tu familia”. Y tenían razón.

Vendí la CBR 1000. Vendí la motocicleta, pero no vendí la pasión. Simplemente la guardé durante treinta años.

Durante tres décadas no tuve moto. La vida siguió, los hijos crecieron, el trabajo continuó y las responsabilidades aumentaron. Pero aquel gusanito nunca desapareció. Hasta que, hace aproximadamente quince años, pasé por Kawasaki en Mérida y vi una Vulcan S 650 verde. Me fascinó. La compré. Después de treinta años regresaba oficialmente al motociclismo.

La Vulcan representó una etapa diferente. Ya no era solamente velocidad. Era amistad, convivencia y carretera. Empecé a salir con Gerardo Mixcoatl, Sergio Illescas, José Luis López, el licenciado Luciano Fuentes, Octavio Corral y Manuel, cuyo apellido ahora mismo se me escapa. Nos íbamos a recorrer los municipios de Campeche, a comer a Huayamon con el doctor Mixcoatl, a comer con Roberto Calán, cochinita en Hecekchakan, a Champotón y a cualquier lugar al que nos llevara el camino.

Pero aquellas rodadas comenzaron también a adquirir otro sentido. Empezamos a hacer rodadas con causa. En alguna ocasión llevamos una silla de ruedas a una persona en La Joya. En otra oportunidad reunimos y llevamos ayuda para apoyar a alguien que lo necesitaba en otra comunidad. La motocicleta dejó de ser únicamente una forma de divertirnos. También se convirtió en una manera de llegar hasta alguien que necesitaba ayuda.

Esa etapa con la Kawasaki Vulcan 650 la disfruté enormemente hasta que, hace aproximadamente ocho años, tuve que someterme a una operación. En aquel momento pensé que probablemente nunca volvería a conducir una motocicleta. Vendí la Kawasaki y otra vez parecía que mi historia con las motos había terminado. Pero no.

Con el tiempo tuve alguna otra motocicleta. Incluso una 300 de fabricación china, bastante llamativa, muy apantalladora y visualmente atractiva, aunque, con todo respeto, en cuestiones de manejo quedaba mucho a deber frente a las motocicletas que yo había conocido.

Porque a estas alturas de la vida hay algo que tengo perfectamente claro: a mí nadie me tiene que contar qué se siente la velocidad. Ya viví la carretera libre a Cuernavaca. Ya pasé La Pera. Ya fui rumbo a Tlaxcala. Ya manejé una Katana. Ya tuve una CBR 1000. Ya sé lo que significa entrar rápido a una curva, inclinar una motocicleta y sentir durante unos segundos que la máquina, el cuerpo y la carretera se convierten en una sola cosa. Yo ya conozco esos placeres.

Por eso hoy veo el motociclismo de otra manera. En diciembre del año pasado compré una Honda CB350. Prácticamente ya no salgo a carretera. Hoy la motocicleta es para mí una herramienta extraordinaria para moverme dentro de la ciudad. La Honda me parece maravillosa para eso y además prácticamente la he transformado por completo para acercarla a un estilo semibobber Y aquí la vida vuelve a cerrar otro círculo. José Amábilis. El mismo José Amábilis de aquel taller de avenida Gobernadores al que íbamos cuando éramos jóvenes sigue ahí, afortunadamente con nosotros, y sigue siendo un genio. Él ha ido transformando mi Honda hasta dejarla exactamente como yo quiero, como a mí me gusta.

Es una motocicleta moderna vestida de antigua. Tiene control de torque, clutch asistido, frenos ABS de doble canal y le instale CarPlay tecnología que nosotros ni siquiera imaginábamos cuando empezamos a andar en moto, todo dentro de una estética retro que me fascina. ¿Saldría con ella a carretera? No. Personalmente, yo no salgo a carretera con menos de 650 centímetros cúbicos. Y no porque quiera correr. Es por seguridad. Cuando vas detrás de un autobús, cuando necesitas rebasar un ADO, cuando aparece un automóvil de frente o viene otro por detrás, necesitas saber que debajo de ti existe potencia suficiente para responder. Necesitas bajar una velocidad, abrir el acelerador y tener la certeza de que los caballos están ahí. No para jugar con la vida. Precisamente para conservarla.

La CB350, en cambio, es maravillosa en la ciudad. Durante los primeros meses la utilizaba prácticamente todos los días para venir a la radio. Ahora la uso menos. Cambiaron mis horarios, cambiaron mis rutinas y a determinadas horas también resulta más complicado encontrar dónde estacionarse. Pero cada vez que me subo sigo sintiendo prácticamente lo mismo.

¿Soy feliz sobre una motocicleta? Sí. Definitivamente.

Con los años también se aprende que uno ya no tiene que demostrarle nada a nadie. No necesito correr para saber lo que significa correr. No necesito demostrar que sé tomar una curva. No necesito contarle a nadie cuántos kilómetros por hora llegué a alcanzar. Yo sé lo que viví. Y eso nadie me lo quita.

Hoy puedo recorrer tranquilamente Campeche en una Honda 350, escuchar el motor, sentir el viento, estacionarme y disfrutarla exactamente igual. Pero sería mentiroso si dijera que aquel gusanito desapareció. No desapareció. Sigue ahí.

De vez en cuando todavía pienso que me gustaría volver a tener mil centímetros cúbicos debajo de mí. Encontrar otra vez una carretera abierta, bajar una velocidad, abrir el acelerador, escuchar cómo cambia el sonido del motor y sentir nuevamente aquella fuerza empujándome hacia adelante. Quizá alguna vez vuelva a ocurrir y si muero tomando una curva, moriré feliz!

Porque después de tantos años entendí algo muy sencillo: uno puede vender una motocicleta, pasar treinta años sin tener una, hacerse padre, abuelo, periodista, profesionista y adulto responsable. Puede cambiar de trabajo, de ciudad, de edad y hasta de manera de entender la vida. Pero cuando alguna vez fuiste verdaderamente motociclista, una parte de ti siempre seguirá viviendo sobre el asfalto.