
MANUEL DE LA CRUZ MARTÍNEZ: EL MAESTRO QUE PINTÓ A CAMPECHE
Hay hombres que mueren y hay hombres que simplemente dejan de estar físicamente entre nosotros, porque hicieron tantas cosas, tocaron tantas vidas y dejaron tanto de sí mismos repartido por el camino, que resulta imposible hablar de ellos en pasado. Manuel de la Cruz Martínez pertenece a estos últimos. Con su fallecimiento, Campeche pierde a uno de sus grandes artistas plásticos, pero sobre todo a uno de esos personajes entrañables que durante décadas formaron parte del paisaje humano y cultural de esta ciudad.
Y antes de continuar quiero aclarar algo que durante muchos años provocó confusiones. Al maestro Manuel de la Cruz le decían “La Crita”, no “La Cripta”, como muchos entendían o repetían. Crita, palabra asociada al dibujo y al crayón, un sobrenombre que, curiosamente, terminó resultándole perfecto a un hombre cuya vida estuvo marcada precisamente por el lápiz, el color, la pintura y el grabado.
Manuel de la Cruz fue mucho más que un pintor. Fue dibujante, grabador, maestro y formador de generaciones. Su producción llegó a superar el millar de pinturas, dibujos y grabados. Aprendió desde niño observando a su padrastro elaborar aquellos coloridos papagayos campechanos y después tuvo como maestros a personajes como Francisco Dosamantes, Domingo Pérez Piña y Francisco Vázquez. Pero quizá lo más importante fue que aquello que aprendió nunca quiso guardárselo. Lo enseñó. Lo compartió. Lo regaló. Esa fue, en buena medida, la dimensión humana de su obra.
Fue maestro fundador de la entonces Universidad del Sudeste, hoy Universidad Autónoma de Campeche; durante años siguió impartiendo conocimientos en talleres y clases particulares y dirigió el taller de grabado Los Aluxes en La Arrocera. Recibió el Premio San Francisco de Campeche en pintura y, en 2019, el Día Mundial del Arte en Campeche llevó su nombre. Una galería de la Biblioteca Campeche también lleva el nombre de Manuel de la Cruz Martínez. No son datos menores. Son las huellas institucionales de una vida dedicada al arte y a Campeche.
Pero yo quiero recordar al otro Manuel de la Cruz. Al de la casa. Al maestro al que conocí cuando yo tenía apenas diez años.
A esa edad me mandaron a tomar clases de pintura a su casa-estudio de la calle 65, entre 12 y 14, a unos pasos de la casa de mi abuelita. Aquella casa era en sí misma un pequeño universo. Ahí vivía, trabajaba, dibujaba, pintaba, enseñaba y recibía a quienes llegábamos con más o menos talento y con muchas ganas de descubrir cosas.
Debo confesar algo después de tantos años: yo no aprendí absolutamente nada de pintura.
Nada.
Si el maestro Manuel de la Cruz esperaba descubrir en aquel niño de diez años a un futuro artista plástico, perdió miserablemente su tiempo conmigo.
Pero hoy comprendo que aprendí cosas mucho más importantes.
Aprendí a observar. Aprendí a escuchar. Aprendí a convivir con personas mayores, con artistas, con gente que hablaba de Campeche, de cultura, de periodismo y de la vida. Me divertí muchísimo y, sin saberlo entonces, aquellas tardes se fueron quedando guardadas en algún rincón de mi memoria.
Y en aquella casa conocí además a dos personajes que con el tiempo se convertirían también en referentes de Campeche: sus sobrinos. Uno fue el legendario periodista Carlos Miguel Acosta de la Cruz, figura inolvidable del periodismo campechano. El otro fue Salvador Acosta, extraordinario pintor que lamentablemente murió muy joven y que dejó obras importantes en distintos espacios de Campeche, entre ellas aquel recordado Rapto de la Alhambra, que durante años estuvo en el lobby de un conocido hotel.
Por eso aquella casa de la calle 65 no era simplemente el domicilio de un pintor. Era uno de esos lugares que existían en el Campeche de antes y que difícilmente podrán repetirse. Una casa donde entraban y salían artistas, periodistas, familiares, alumnos, amigos y personajes de una ciudad que todavía se conocía casi completa por su nombre y apellido.
Tengo además un recuerdo profundamente agradecido del maestro y de su queridísima esposa. Siempre tuvieron conmigo una deferencia especial. Me recibieron maravillosamente durante aquella temporada en la que fui alumno —bastante malo, insisto— de Manuel de la Cruz. Con los años uno descubre que esas atenciones aparentemente pequeñas son las que terminan adquiriendo un enorme valor.
Porque finalmente la memoria funciona de una manera extraña. De niño creía que iba a aquella casa a aprender a pintar. Más de medio siglo después descubro que iba a aprender otra cosa.
Iba a aprender Campeche.
Y quizá esa sea la verdadera grandeza de Manuel de la Cruz Martínez.
Él pintó Campeche porque lo llevaba adentro. Pintó sus murallas, sus pregoneros, sus atardeceres, sus calles y su gente. Vivió prácticamente toda su vida en el Centro Histórico, muy cerca del Instituto Campechano, contemplando una ciudad que cambiaba mientras él se empeñaba en conservarla sobre papel, madera y lienzo.
Pero también hizo algo todavía más importante: enseñó a otros a mirar.
Él mismo decía que su mayor satisfacción había sido enseñar y compartir lo que había aprendido de sus maestros. Esa frase quizá sea su mejor epitafio, porque un verdadero maestro no es aquel que acumula conocimientos sino aquel que consigue que esos conocimientos continúen viviendo cuando él ya no está.
Manuel de la Cruz lo consiguió.
Sus cuadros quedan. Sus grabados quedan. Sus dibujos quedan. Quedan sus alumnos. Quedan las generaciones de jóvenes a quienes enseñó. Quedan las instituciones por las que pasó. Queda una galería con su nombre. Quedan las paredes de muchas casas campechanas donde seguramente cuelga alguna de sus obras. Y quedan, sobre todo, miles de recuerdos pequeños como el mío.
Yo no aprendí a pintar.
Pero aprendí a querer aquella casa, aprendí a querer a aquella familia y aprendí, sin saberlo, un poquito más a querer a Campeche.
Hoy que el maestro Manuel de la Cruz Martínez se nos ha ido después de una larguísima vida dedicada al arte, recuerdo al niño de diez años caminando hacia aquella casa de la calle 65, muy cerca de la casa de mi abuelita. Y me gustaría poder regresar solamente una tarde. Sentarme nuevamente ahí, verlo trabajar, encontrarme con Carlos Miguel, con Salvador, escuchar las conversaciones de los adultos y quizá hasta intentar dibujar algo.
Seguramente volvería a hacerlo mal.
Pero esta vez pondría mucha más atención.
Porque ahora sé que enfrente de aquel niño estaba uno de los grandes artistas campechanos del último siglo.
Estaba Manuel de la Cruz Martínez, “La Crita”.
El pintor.
El grabador.
El maestro.
El hombre que pasó buena parte de su vida pintando a Campeche y que, sin darse cuenta, terminó formando parte para siempre del gran cuadro de nuestra memoria.
Gracias, maestro.
Por las clases que no aprendí.
Y, sobre todo, por todo aquello que sí aprendí sin darme cuenta.
Descanse en paz, don Manuel de la Cruz Martínez.