
Hay una palabra que parece sencilla, pero que en la práctica es una de las más difíciles de honrar: congruencia.
Decir lo que pensamos, pensar lo que sentimos y actuar conforme a ello. Ni más ni menos.
No importa si una persona es creyente, si pertenece a una religión, si va a misa los domingos, si reza, si medita, o si se declara atea.
Porque incluso quienes dicen no creer en Dios siguen estando dentro de una lógica moral: la del respeto al otro, la de la dignidad humana, la de la responsabilidad con la comunidad. Y, aunque alguien no crea en Dios, Dios seguramente sí cree en ellos; porque creer en el ser humano, es creer en su capacidad de hacer el bien.
El problema es que muchas veces confundimos la espiritualidad con el ritual, y la ética con la apariencia. Pensamos que cumplir es ir al templo, dar testimonio público de una fe, persignarnos, aporrearnos el pecho o levantar la mano para decir “yo creo”. Pero la verdadera prueba no está ahí. Aun cuando tengamos que cumplir con los dogmas ortodoxos de nuestra religion, la verdadera razon está afuera. Está en cómo tratamos al otro cuando nadie nos ve.
Porque el corazón del cristianismo —y del humanismo— no es el dogma, sino una frase brutalmente sencilla y terriblemente exigente:
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo.”
Y seamos honestos: muy pocos aman al prójimo como a sí mismos. Muy pocos cuidan al otro como se cuidan. Muy pocos se alegran genuinamente del éxito ajeno. Muy pocos ayudan sin esperar algo a cambio.
Las sociedades que hoy admiramos —las nórdicas, las más estables, las más prósperas— no lo son por milagro ni por genética. Lo son porque, durante generaciones, entendieron una idea fundamental:
El bienestar de uno depende del bienestar de todos.
Ahí la solidaridad no es un discurso, es una estructura. El respeto no es una pose, es una costumbre. La ayuda mutua no es heroica, es cotidiana.
En cambio, en nuestras sociedades —y Campeche no es la excepción— seguimos atrapados en una lógica vieja y destructiva: la de la sospecha, la envidia, la competencia malsana, el placer secreto por el tropiezo del otro. Los alemanes lo llamaron “Schadenfreude”: la satisfacción por el dolor ajeno. Aquí no tenemos una palabra especifica, pero si una practica comun y les llamamos “HDP”, pero lo practicamos con frecuencia.
Hace más de un siglo, en 1909, Gustavo Martínez Alomía ya advertía en Causas de la decadencia del Estado de Campeche que uno de nuestros grandes males era esa tendencia a desgastarnos entre nosotros, a sabotear al otro, a convertir la política, la vida social y hasta la convivencia cotidiana en campos de batalla.
Y seguimos haciéndolo.
Nos cuesta alegrarnos por el progreso del vecino. Nos cuesta apoyar al que intenta. Nos cuesta dejar de ver al otro como enemigo. Preferimos tener razón que tener razón juntos.
La congruencia empieza ahí:
en entender que no basta con declararse bueno, hay que actuar bien.
Que no basta con decir que creemos en valores, hay que vivirlos.
Que no basta con exigir justicia, hay que practicarla.
Que no basta con pedir amor, hay que darlo.
Si algún día queremos que Campeche —y México— salgan del ciclo de estancamiento, no bastarán discursos, ni gobiernos, ni proyectos. Hará falta algo más incómodo y más profundo:
PERSONAS CONGRUENTES.
Personas que ayuden sin cámaras.
Que respeten sin aplausos.
Que trabajen sin sabotear.
Que celebren el éxito ajeno como propio.
Tal vez ahí esté la verdadera fe. No en lo que decimos creer, sino en lo que estamos dispuestos a hacer por los demás.
Y eso, más que un dogma, es una responsabilidad.