EL PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN NO DEBERÍA TENER BANDOS, TIENE HECHOS

Por Tomás Zapata Bosch

El periodismo de investigación ha sido una de las grandes pasiones de mi vida. Tuve la fortuna de abrevar de dos extraordinarios maestros: don Ricardo Hernández Cárdenas, un verdadero rigorista, un purista del ejercicio periodístico, y Carlos Miguel Acosta de la Cruz, quienes me enseñaron los principios fundamentales de este oficio. Los tiempos han cambiado, pero los principios del periodismo de investigación siguen siendo exactamente los mismos. Hoy contamos con herramientas que hace medio siglo parecían inimaginables: inteligencia artificial, buscadores especializados, archivos digitales, redes sociales y enormes acervos documentales disponibles en internet. Lo que antes nos llevaba semanas o meses de investigación, hoy podemos encontrarlo en unas cuantas horas. La tecnología ha revolucionado nuestra manera de trabajar, pero no ha sustituido lo esencial que aprendí de mis maestros: investigar con rigor, verificar los datos, contrastar las fuentes, escuchar a todas las partes y no publicar nada que no podamos demostrar. Las herramientas son nuevas; la ética, el rigor y la responsabilidad periodística siguen siendo los mismos. Recuerdo que mi primera experiencia fue a los 17 o 18 años, cuando don Ricardo me mandó como auxiliar de Felipe Villarruel Espinosa, destacado reportero de Novedades de Campeche, a investigar la supuesta aparición de un volcán en un pequeño poblado llamado San Dimas, hasta donde llegamos en ferrocarril. Una aventura de la que ya les he platicado anteriormente y que despertó en mí una fascinación que nunca he perdido.

Mi primer trabajo de investigación verdaderamente importante fue la recuperación de los históricos cañones El Niño y Los Leones. Aquello significó una investigación larga, complicada y profunda, pero conseguimos que la persona que los tenía en su poder terminara donándolos al Instituto Nacional de Antropología e Historia, a través de nuestra intervención. Hoy esos cañones se conservan en la iglesia de San Román. Después vinieron muchos otros trabajos, algunos realizados en colaboración con periodistas de la Ciudad de México y de otras entidades, particularmente sobre la depredación forestal en Campeche, en regiones como Hopelchén y, especialmente, en la Reserva de la Biósfera de Calakmul. Aquellas investigaciones sobre la destrucción y explotación de nuestros recursos forestales me merecieron un reconocimiento nacional, pero también amenazas que llegaron incluso del extranjero, lo que da una idea de los intereses que tocamos. También recuerdo las investigaciones sobre el transporte urbano de Campeche que publicamos en el periódico gratuito La Opinión. Aquellas publicaciones me costaron agresiones, amenazas, descalificaciones y campañas de difamación. No fueron las primeras ni serían las últimas. A lo largo de mi vida periodística han intentado intimidarme, desacreditarme y hacerme cambiar de opinión en innumerables ocasiones. Sabía desde muy joven que eso formaba parte de los riesgos de ejercer este oficio, particularmente cuando se tocan intereses económicos y políticos.

Hacer periodismo de investigación en Campeche es especialmente complicado. Aquí tenemos una economía que depende en buena medida del dinero público, de los gobiernos federal, estatal y municipales, y eso inevitablemente condiciona muchas relaciones económicas, políticas y hasta personales. A ello hay que agregarle una vieja enfermedad de los campechanos: nuestra permanente confrontación. No es algo nuevo ni comenzó con Morena, el PRI, Movimiento Ciudadano o cualquier otro partido. Desde la creación del estado en 1857 venimos arrastrando divisiones que Gustavo Martínez Alomía ya examinaba en 1909, particularmente en los capítulos sexto y séptimo de su obra Causas de la decadencia del estado de Campeche. Durante décadas, incluso cuando prácticamente todo el poder estaba concentrado en un solo partido, los grupos políticos se enfrentaban ferozmente entre sí. O estabas con unos o estabas con otros. Y esa maldita costumbre sigue vigente. En Campeche parece que nadie tiene derecho a pensar por cuenta propia, mucho menos un periodista. Si cuestionas a un funcionario, inmediatamente te colocan en el bando contrario; si reconoces algo positivo de un gobierno, automáticamente te convierten en su defensor. Como si la realidad tuviera que dividirse obligatoriamente entre buenos y malos, amigos y enemigos.

Lo más preocupante es que hemos llegado a un ambiente político donde muchos funcionarios toman cualquier señalamiento como un agravio personal. Puedes presentar documentos, cifras, contratos, expedientes y todas las pruebas que quieras, pero en lugar de responder sobre los hechos, algunos prefieren descalificar al periodista, atribuirle intereses políticos o inventarle compromisos con sus adversarios. Es una manera bastante cómoda de evadir explicaciones. Y peor todavía, en las redes sociales siempre aparecen quienes compran esa versión sin siquiera tomarse la molestia de revisar los documentos. En ese ambiente resulta muy difícil ejercer un periodismo verdaderamente libre, particularmente porque los periodistas campechanos tenemos la pésima costumbre de querer comer tres veces al día y mantener a nuestras familias. La independencia periodística tiene costos, a veces muy elevados, y sería una hipocresía desconocer las condiciones económicas en las que trabajamos. Pero una cosa es reconocer esa realidad y otra muy distinta renunciar a nuestra responsabilidad de investigar y decir lo que encontramos, le guste a quien le guste y le moleste a quien le moleste.

Por eso he decidido retomar con mayor intensidad el periodismo de investigación, que nunca abandoné completamente, aunque durante algunos años lo ejercí de manera esporádica. No regreso para ajustar cuentas con nadie ni para convertirme en instrumento de ningún grupo político. Regreso porque me apasiona investigar, porque todavía disfruto encontrar un documento, seguir una pista, descubrir una contradicción y llegar hasta donde los hechos permitan. Tampoco voy a presentarme como una blanca palomita. A estas alturas de mi vida sería ridículo: de blanco no tengo ni el color. He cometido errores, seguramente seguiré cometiéndolos, y no pretendo dar lecciones de pureza a nadie. Pero sí tengo muy claro que, después de tantos años de ejercer este oficio, con sus satisfacciones, sus golpes y sus desencantos, mantengo una responsabilidad muy grande con Dios, con mi familia, conmigo mismo y con quienes todavía confían en mi trabajo. Mi obligación es acercarme lo más posible a la verdad, actuar con equidad, escuchar a todas las partes y sostener con pruebas lo que publico. No busco que todos estén de acuerdo conmigo. Nunca lo han estado y seguramente nunca lo estarán. Lo único que puedo ofrecer es mi experiencia, mi trabajo y mi compromiso de seguir investigando. Y a quienes se sientan aludidos por lo que venga, les adelanto algo: será mucho más útil que respondan con documentos y argumentos a que pierdan el tiempo tratando de desacreditarme. A estas alturas, de eso último ya tengo bastante experiencia.