
La llegada de Eduardo Castillo López a Campeche no es un movimiento menor ni puede entenderse simplemente como una visita más de un dirigente nacional de Morena. Cuando un partido que gobierna necesita enviar desde el centro del país a un operador político con una encomienda expresa de conciliación, reconciliación y diálogo entre sus propios militantes, el mensaje resulta bastante claro: alguien en la dirigencia nacional detectó que la casa necesita orden.
Castillo López llega con credenciales políticas que deben reconocerse. Tiene 42 años, nació en Cuayuca de Andrade, Puebla, es diputado federal de Morena por el Distrito 14 de Izúcar de Matamoros y posee estudios de maestría en Gobierno y Administración. Antes fue diputado local en Puebla y llegó a ocupar una posición particularmente delicada: la presidencia de la Junta de Gobierno y Coordinación Política del Congreso poblano. Es decir, conoce la negociación parlamentaria y, al menos en el papel, sabe lo que significa construir acuerdos entre personajes que no necesariamente piensan igual.
Su ascenso en Puebla tampoco puede desligarse de Sergio Salomón Céspedes Peregrina. Cuando Céspedes dejó el Congreso local para convertirse en gobernador sustituto de Puebla, Castillo López ocupó precisamente su lugar al frente de la Junta de Gobierno y como coordinador de Morena. Durante los siguientes años existió una relación institucional estrecha entre ambos y Castillo se desarrolló dentro de una etapa política profundamente vinculada al gobierno de Sergio Salomón. Ese antecedente explica en buena medida por qué hoy se le considera un operador con experiencia para atender conflictos internos y construir acuerdos.
Originalmente, la operación de Morena en la Tercera Circunscripción, integrada por Campeche, Chiapas, Oaxaca, Quintana Roo, Tabasco, Veracruz y Yucatán, había sido relacionada precisamente con Sergio Salomón Céspedes. Finalmente, Morena colocó a Eduardo Castillo al frente de esa coordinación rumbo a 2027. Su responsabilidad formal rebasa por mucho Campeche, pero en nuestro Estado aparece además con una encomienda que evidentemente no es protocolaria: conciliar, ordenar y tratar de evitar una ruptura interna que ya comenzó a preocupar a la dirigencia nacional.
Y entonces aparece la pregunta inevitable: ¿por qué necesita Morena un delegado especial en Campeche? La respuesta probablemente se encuentra menos en Eduardo Castillo y mucho más en Morena Campeche. El partido gobernante atraviesa desde hace meses una sucesión de desencuentros que difícilmente pueden seguir considerándose simples diferencias personales. El episodio más grave ocurrió cuando una parte importante de los diputados locales de Morena se enfrentó políticamente con el Ejecutivo durante la discusión del crédito por mil millones de pesos solicitado por el Gobierno estatal. Aquello terminó convirtiéndose en una fractura pública dentro de la bancada y en un enfrentamiento entre personajes que hasta entonces formaban parte del mismo proyecto político.
Podrán haberse tomado fotografías, estrechado manos, intercambiado abrazos y pronunciado discursos de unidad, pero las heridas políticas no desaparecen mediante actos protocolarios. Los grupos continúan existiendo, los agravios permanecen y hay quienes sienten que fueron excluidos, quienes consideran que no fueron escuchados y quienes creen tener suficiente fuerza política para negociar directamente sus propios espacios. Esa es probablemente la verdadera razón por la cual Eduardo Castillo está aquí.
Sus propias palabras resultan reveladoras. Al llegar a Campeche habló de una gira de conciliación y reconciliación, ofreció disculpas a quienes se hayan sentido desplazados, agredidos o ignorados y aseguró que irá incluso a buscar a quienes se alejaron. Su frase fue contundente: nadie se puede ir de Morena. No hace falta demasiada interpretación política. Cuando alguien llega ofreciendo reconciliación es porque previamente hubo ruptura y cuando ofrece ir a buscar a quienes se marcharon es porque algunos efectivamente se alejaron o están pensando hacerlo.
Debe reconocerse además que esta figura del enviado especial o del delegado tiene algo de paradójico para un movimiento que nació criticando muchas de las prácticas del viejo sistema político mexicano. Durante décadas el PRI utilizó delegados nacionales enviados desde el centro para intervenir cuando los comités estatales no podían controlar sus conflictos, ordenar candidaturas, sentar a los grupos y reconstruir acuerdos. Morena utiliza hoy una figura con evidentes similitudes funcionales. No significa que Castillo sea un personaje del viejo priismo ni que su misión esté condenada al fracaso, pero sí resulta evidente que estamos frente a una herramienta política mucho más cercana a aquellas viejas formas de operación que al discurso original con el que Morena llegó al poder.
Tampoco debe idealizarse la figura del delegado. Enviar un operador desde la Ciudad de México nunca ha sido garantía de unidad en ningún partido. Un delegado puede acercar posiciones, abrir puertas y sentar adversarios a conversar, pero lo que no puede fabricar desde afuera es confianza, liderazgo ni autoridad política donde estos no existen localmente. Y ahí aparece posiblemente la mayor debilidad que enfrenta Morena en Campeche: la ausencia de operadores políticos locales con suficiente estatura, interlocución y aceptación transversal para hablar con todos sus grupos.
Morena tiene funcionarios, dirigentes, diputados, alcaldes y aspirantes. Lo que parece no tener hoy en abundancia son operadores capaces de entrar en habitaciones donde existen adversarios internos, sentarlos alrededor de una mesa y conseguir que cada uno ceda algo para preservar el proyecto común. La política no consiste únicamente en ganar encuestas ni en reunir multitudes. Gobernar un partido significa escuchar al que está inconforme, hablar con quien piensa distinto, contener ambiciones, ofrecer salidas dignas a quienes pierden una disputa y convencer a quien pudo convertirse en adversario de que todavía tiene espacio dentro del proyecto.
Por eso resulta particularmente interesante el caso de Pablo Gutiérrez Lazarus. A estas alturas ya no estamos hablando únicamente de un aspirante. Su posición política lo coloca naturalmente en la ruta hacia la candidatura al Gobierno del Estado en 2027. Tiene además una historia electoral que no puede despreciarse. Ha ganado en Ciudad del Carmen, ha construido una base electoral importante y ha demostrado capacidad para competir y obtener resultados. Sería absurdo negarle esos méritos.
Pero ganar elecciones y construir consensos políticos son habilidades diferentes. Precisamente porque Pablo proviene del PAN y no de las luchas fundacionales de Morena, existen sectores históricos del movimiento que no necesariamente lo sienten propio. A eso se suma una percepción política que tendrá que combatir si pretende encabezar a todo el morenismo campechano: la de ser un político poco dado a la construcción paciente de relaciones personales y acuerdos con grupos que no pertenecen a su entorno inmediato.
Esto debe entenderse como valoración política y no como descalificación personal. Pablo tiene frente a sí la oportunidad de demostrar lo contrario. Si va a encabezar Morena en 2027, necesitará algo más que buenos resultados administrativos en Carmen o una encuesta favorable. Tendrá que aprender a escuchar al que no lo quiere, acercarse al que desconfía de él, respetar a quienes llegaron antes que él al movimiento y construir acuerdos incluso con personajes que jamás formarían parte de su círculo cercano. Un candidato a gobernador puede darse el lujo de tener adversarios. El dirigente de un proyecto político que pretende conservar el Gobierno del Estado no puede darse el lujo de multiplicarlos.
Ahí es donde el trabajo de Eduardo Castillo puede convertirse en complemento, pero nunca en sustituto, del trabajo político que deberá realizar el propio Pablo Gutiérrez Lazarus. El delegado puede organizar reuniones, telefonear a los inconformes, transmitir mensajes de la dirigencia nacional, recordarles a todos que perder Campeche por una pelea interna sería políticamente imperdonable e incluso funcionar como árbitro cuando dos grupos ya no confían uno en el otro. Pero no puede hacer para siempre la política que deberían hacer los propios campechanos.
Morena deberá resolver además otra asignatura particularmente delicada: su Congreso local. La fractura ocurrida alrededor de la deuda mostró algo más profundo que una simple diferencia legislativa. Reveló que dentro de la bancada existen intereses, liderazgos y proyectos propios que ya no responden automáticamente a una sola conducción política. Eso puede ser saludable desde la perspectiva de la independencia entre poderes, pero representa un desafío enorme desde el punto de vista partidista.
Dentro de cualquier Congreso existen legítimamente aspiraciones, proyectos y negociaciones. El problema comienza cuando la política se transforma exclusivamente en moneda de cambio: te respaldo si me das, voto contigo si me corresponde, permanezco mientras mis intereses sean atendidos. Esa lógica termina convirtiendo a los partidos en mercados de posiciones y no en organizaciones construidas alrededor de principios. Morena tendrá que distinguir entre la legítima pluralidad interna y el oportunismo, entre quien reclama ser escuchado y quien solamente pretende aumentar el precio de su apoyo, entre el militante inconforme y quien utiliza cada coyuntura para obtener una candidatura, una posición o una cuota de poder.
Y eso requiere política. Política de verdad. No gritos, no descalificaciones, no campañas en redes sociales, no reuniones donde todos dicen estar de acuerdo mientras al salir comienzan nuevamente las conspiraciones. Política entendida como negociación, conversación, prudencia, generosidad y capacidad para comprender que algunas veces gobernar significa también ceder. Precisamente eso es lo que durante demasiado tiempo parece haber faltado en Morena Campeche.
Castillo llega, por tanto, a una misión bastante más complicada de lo que podría parecer. Tendrá frente a sí a la gobernadora Layda Sansores, a Pablo Gutiérrez Lazarus, a la dirigencia estatal, a diputados que ya demostraron que poseen agenda propia, a alcaldes, aspirantes desplazados, militantes fundadores, aliados y personajes que hoy pueden sentirse cómodos dentro de Morena pero que mañana podrían escuchar otras ofertas políticas. También tendrá que observar hacia afuera, porque Morena no competirá en 2027 contra sí mismo. Enfrente habrá opositores que entienden perfectamente que la mejor manera de derrotar al partido gobernante será explotar sus fracturas internas.
Cada militante resentido representa un posible voto que se pierde, cada dirigente humillado puede convertirse en un operador del adversario y cada candidatura impuesta sin cicatrizar previamente las heridas puede terminar costando miles de votos. Por eso la llegada de Eduardo Castillo debería ser leída menos como una demostración de fortaleza y más como una señal de alerta que todavía está llegando a tiempo. El hecho de que Morena nacional haya decidido intervenir significa que la dirigencia percibió el riesgo. Y reconocer un problema siempre será mejor que fingir que no existe.
Ahora corresponde comprobar si Castillo posee realmente la capacidad política que su trayectoria sugiere. Presidir la Junta de Gobierno del Congreso de Puebla no es poca cosa. Tuvo que negociar permanentemente con diferentes fuerzas parlamentarias y esa experiencia puede resultar enormemente útil en Campeche. Habrá que darle el beneficio de la duda. Que escuche, que camine, que no llegue únicamente a entrevistarse con quienes ya están convencidos. Que se siente con los molestos, con los desplazados, con los que perdieron espacios, con quienes desconfían de Pablo, con quienes están enfrentados con Layda, con quienes sienten que la dirigencia estatal nunca los escuchó y también con quienes legítimamente aspiraban a encabezar el proyecto y hoy deberán decidir si permanecen o se marchan.
Si consigue eso, su presencia habrá valido la pena. Pero Morena debe entender algo todavía más importante: Eduardo Castillo puede ayudar a ordenar la casa, pero la casa tendrá que aprender después a mantenerse ordenada sola. Ningún delegado poblano podrá sustituir permanentemente la operación política local. Y si Morena pretende conservar Campeche en 2027, deberá construir algo que actualmente parece escaso: operadores políticos campechanos capaces de hablar con todos, respetados incluso por quienes no pertenecen a su grupo y suficientemente maduros para entender que la política no consiste únicamente en conquistar el poder. También consiste en saber conservarlo.
La presencia de Eduardo Castillo es, por ello, una oportunidad, pero también una advertencia. Cuando desde México tienen que mandar a alguien para reconciliar a quienes en Campeche deberían estar hablando entre ellos, significa que algo dejó de funcionar. Y todavía están a tiempo de corregirlo.