
El 10 de octubre de 1882 ocurrió en Campeche algo que hoy, 144 años después, adquiere un significado especial. El gobernador Arturo Shiels impulsó dos decretos mediante los cuales fueron declarados Beneméritos del Estado Pablo García y Montilla y el general Pedro Baranda. No tendría nada de extraordinario reconocer a dos hombres fundamentales en la creación de Campeche si no fuera porque, para entonces, ambos eran enemigos políticos irreconciliables.
Habían pasado apenas 25 años desde aquel 1857 en que Pablo García, Tomás Aznar Barbachano, Pedro Baranda, Juan Carbó y otros jóvenes liberales encabezaron el movimiento que terminaría separando políticamente a Campeche de Yucatán. Fueron capaces de ponerse de acuerdo en lo fundamental, enfrentar enormes dificultades y construir un nuevo Estado. Pero prácticamente desde que alcanzaron ese objetivo comenzaron también las diferencias, los pleitos, las ambiciones y las persecuciones políticas entre quienes habían sido compañeros de causa.
Pedro Baranda había sido pieza fundamental del movimiento emancipador y comandante militar del naciente Estado, mientras Pablo García encabezaba el gobierno. Sin embargo, aquella alianza duró poco. Las diferencias entre ellos crecieron hasta que García terminó desterrando en 1861 a Pedro Baranda y a su hermano Joaquín. Los Baranda aprovecharon aquel exilio para construir relaciones políticas fuera de Campeche y, años después, esas mismas fuerzas contribuirían a la caída de García.
Ahí encontramos uno de los primeros grandes ejemplos de esa conducta que mucho tiempo después los campechanos resumiríamos con una expresión mucho más sencilla y brutal: la lata de cangrejos. Los mismos hombres que habían luchado juntos para crear Campeche comenzaron a jalarse entre ellos, a perseguirse, a dividirse y a colocar las diferencias personales y políticas por encima del proyecto común que apenas estaban construyendo.
No debemos cometer el error de juzgarlos únicamente con los valores políticos de nuestro tiempo. Eran años violentos, México vivía guerras civiles, intervenciones extranjeras, golpes, pronunciamientos y luchas entre liberales y conservadores. El poder político se conquistaba y se perdía de maneras que hoy resultarían inimaginables. Pero tampoco debemos esconder una realidad: Campeche nació acompañado casi inmediatamente por profundas divisiones entre sus propios fundadores.
Pablo García terminaría perdiendo el poder en 1870. Una acusación ante el Congreso de la Unión derivó en su separación del gobierno y Tomás Aznar Barbachano asumió temporalmente el Ejecutivo. García se refugió posteriormente en Mérida, mientras los Baranda consolidaban una influencia política cada vez mayor. La política campechana continuaría girando durante años alrededor de aquellas viejas rivalidades que habían surgido prácticamente desde el nacimiento mismo del Estado.
Hasta que llegó Arturo Shiels. Elegido gobernador en 1880, encontró un Campeche políticamente dividido y entendió que una de las grandes tareas de su gobierno debía ser la reconciliación. Dentro de esa política, el 10 de octubre de 1882 promovió los decretos mediante los cuales Pedro Baranda y Pablo García fueron declarados Beneméritos del Estado.
La decisión tenía un enorme contenido político y simbólico. Se trataba de dos hombres vivos, dos fundadores del Estado, dos antiguos compañeros de causa y dos adversarios irreconciliables a quienes el gobierno intentaba colocar nuevamente, cuando menos desde el reconocimiento público, bajo una misma idea: Campeche.
En el caso de Pablo García, la Legislatura dispuso además que su retrato fuera colocado en el salón de sesiones del Poder Legislativo. El reconocimiento no borraba los agravios, los destierros ni las confrontaciones de los años anteriores, pero sí reivindicaba el papel fundamental que había desempeñado en la emancipación política y en la construcción de las primeras instituciones del Estado.
Pedro Baranda recibió también el reconocimiento que correspondía a su trayectoria. Había participado en la Constitución federal de 1857, intervino activamente en la creación de Campeche y desempeñó una función militar esencial durante aquellos primeros años. Su posterior rompimiento con García lo llevó incluso al destierro, pero la historia terminaría reconociendo también su participación en la construcción del Estado.
Lo verdaderamente importante de aquella decisión de 1882 no está únicamente en los decretos, sino en el mensaje que encerraban. Veinticinco años después del inicio del movimiento emancipador, Campeche necesitaba reconciliar a los mismos hombres que lo habían fundado. Esa sola circunstancia debería bastar para hacernos reflexionar sobre una constante de nuestra vida pública.
La lata de cangrejos no comenzó ayer ni nació con Morena, el PRI, el PAN, Movimiento Ciudadano o cualquier otra fuerza política contemporánea. Mucho antes de que existieran nuestros partidos actuales, los campechanos ya éramos capaces de enfrentarnos entre nosotros con una intensidad que muchas veces terminaba debilitándonos colectivamente. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian las generaciones, pero demasiadas veces permanece la conducta.
El problema no es discutir. Una sociedad democrática necesita diferencias, oposición, competencia y crítica. El verdadero problema comienza cuando la diferencia política se convierte en odio personal, cuando el adversario se convierte en enemigo y cuando impedir que otro avance parece más importante que conseguir que Campeche avance.
Eso ocurrió entre algunos de nuestros fundadores y eso seguimos viéndolo 169 años después. Por eso el decreto del 10 de octubre de 1882 tiene una enorme actualidad. Arturo Shiels entendió que un Estado dividido permanentemente termina consumiendo sus propias fuerzas y quiso, cuando menos desde el poder público, colocar por encima de los agravios personales el reconocimiento a quienes habían contribuido a construir Campeche.
Tal vez esa sea precisamente una de las lecciones que todavía no terminamos de aprender. Pablo García y Pedro Baranda pudieron ser adversarios, incluso enemigos políticos, pero los dos pertenecían a Campeche, los dos habían ayudado a construirlo y los dos merecían un lugar en su historia.
El 10 de octubre de 1882, Campeche intentó reconciliar a sus fundadores. Han pasado 144 años y la pregunta sigue siendo incómodamente vigente: si después de tanto tiempo ya aprendimos a reconciliarnos entre campechanos o si todavía seguimos, una y otra vez, dentro de la misma lata de cangrejos