¿De dónde viene la expresión “lata de cangrejos”?

La expresión “lata de cangrejos” no nació en Campeche. Su origen está en una vieja metáfora popular: cuando varios cangrejos están dentro de un recipiente y uno intenta trepar para salir, los otros se aferran a él y terminan jalándolo nuevamente hacia abajo. La imagen terminó sirviendo para describir a aquellas sociedades en las que, en vez de impulsar al que progresa, se le obstaculiza, se le desacredita o se le combate hasta devolverlo al mismo nivel de los demás.

La metáfora aparece documentada desde principios del siglo XX. Uno de los antecedentes literarios que encontramos está en la novela A Bed of Roses, publicada en 1911 por Walter Lionel George, donde ya aparece la imagen de los cangrejos dentro de un recipiente como comparación del comportamiento humano. Décadas después, la idea alcanzó una enorme difusión en Filipinas bajo el concepto de “crab mentality”, o “mentalidad de cangrejo”: si alguien intenta sobresalir, crecer o salir adelante, los demás procuran bajarlo. La escritora filipina Ninotchka Rosca ayudó a popularizar esa expresión como crítica a la envidia, al resentimiento y al sabotaje del éxito ajeno.

Mi relación con esa expresión, sin embargo, tiene una raíz profundamente campechana. Fue doña María Lavalle Urbina quien me habló de ella personalmente en la Ciudad de México, donde tuve el privilegio de conocerla y abrevar de su experiencia, de su inteligencia y de su enorme conocimiento de Campeche y de los campechanos. Recuerdo que, en alguna ocasión, llegó a una reunión de la Asociación de Profesionistas y Técnicos Campechanos radicados en el entonces Distrito Federal del brazo del Fish Montero. En aquellas conversaciones, doña María me dijo que la expresión “lata de cangrejos” la había escuchado de boca de Héctor Pérez Martínez.

No podemos afirmar que Héctor Pérez Martínez haya inventado la frase. Sabemos ahora que la metáfora era anterior y circulaba internacionalmente. Pero precisamente por eso el dato resulta más interesante. Pérez Martínez fue un hombre extraordinariamente culto, de vastísimas lecturas, y resulta perfectamente posible que hubiera encontrado aquella imagen en algún libro o ensayo y que la adoptara porque le parecía una descripción dolorosamente exacta de una parte de la idiosincrasia campechana. Tanto él como María Lavalle conocían las virtudes de esta tierra, pero también sus rivalidades, sus resentimientos, sus envidias y esa perniciosa tendencia a combatir al que sobresale.

Y aquí es donde la metáfora deja de ser una curiosidad literaria y se vuelve historia. Desde 1857, cuando Campeche comenzó a construir su vida política propia, las luchas internas, las persecuciones, las rupturas y las confrontaciones entre los propios campechanos aparecieron una y otra vez. Tomás Aznar Barbachano, Juan Carbó, Pedro García y Baranda y otros protagonistas de aquella etapa terminaron enfrentados entre sí. La división no fue una excepción pasajera: se convirtió demasiadas veces en método político. Cambiaron los nombres, cambiaron los partidos y cambiaron las generaciones, pero la tentación de jalar hacia abajo al adversario siguió apareciendo.

La “lata de cangrejos” tiene, además, un pariente psicológico: el síndrome de Procusto. En el mito griego, Procusto obligaba a los viajeros a ajustarse al tamaño de su cama, cortando lo que sobresalía o estirando lo que quedaba corto. Trasladado a la vida social, es la intolerancia frente al que destaca, al que piensa distinto, al que crece demasiado o rompe la uniformidad. La lata de cangrejos jala hacia abajo; Procusto corta lo que sobresale. Dos imágenes diferentes para una misma enfermedad colectiva: impedir que alguien avance si los demás no pueden o no quieren hacerlo.

Por eso, cuando hablo de la “lata de cangrejos”, no estoy utilizando solamente una frase ingeniosa. Estoy hablando de una metáfora que pasó por la literatura, que encontró una formulación social muy conocida en Filipinas, que Héctor Pérez Martínez hizo suya y que llegó hasta mí a través de doña María Lavalle Urbina. Y estoy hablando, sobre todo, de un problema que Campeche tiene que superar. Ya es tiempo de que nuestros políticos dejen de rumiar agravios, de administrar resentimientos y de pensar únicamente en la próxima elección. Campeche necesita un gran acuerdo entre campechanos, un acuerdo que coloque por encima de partidos, grupos y ambiciones personales el futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos. La lata solo se rompe de una manera: dejando de jalar al que sube y empezando, por fin, a empujar juntos