
Octubre no debería ser sólo un mes para presumir la campechanidad; debería ser un mes para cuestionarla. Si de verdad queremos un mejor Campeche, tenemos que dejar de normalizar la división, la mezquindad y esa costumbre de impedir que avance quien intenta salir adelante. Cambiar no es un discurso: es una obligación con nuestros hijos y nuestros nietos.
Y el mensaje también va para la clase política. Ya basta de soberbia, envidia, egoísmo y pleitos pequeños. Campeche necesita liderazgos con empatía, apertura e inclusión; servidores públicos que entiendan que el poder no es patrimonio personal ni instrumento de revancha, sino una responsabilidad frente a toda una generación.
Este octubre debe marcar un punto de quiebre. Menos discursos sobre identidad y más hechos para construir futuro. Porque gobernar bien exige dejar de pensar en la siguiente elección y empezar, de una vez por todas, a pensar en la siguiente generación.