
CARLOS SANSORES PÉREZ: EL HOMBRE QUE ME ENSEÑÓ A SUPERAR LAS EXPECTATIVAS
Por Tomás Zapata BOSCH
En el aniversario de su nacimiento, mi recuerdo para el maestro, el amigo, el mentor y, sobre todo, el extraordinario ser humano que tuve el privilegio de conocer. Hay hombres que pasan por la política y dejan una obra. Otros dejan una escuela. Algunos, muy pocos, dejan una huella tan profunda en quienes tuvieron el privilegio de acompañarlos que terminan convirtiéndose en parte de su propia vida. Para mí, don Carlos Sansores Pérez pertenece a esa última categoría. Fue mi maestro, mi amigo, mi mentor y uno de los hombres que más contribuyeron a mi formación personal y profesional. Pero, por encima de todo, fue quien me enseñó una de las lecciones más importantes que he recibido en la vida: cuando se trata de ayudar a otro ser humano, nunca debemos conformarnos con cumplir. Hay que aprender a superar las expectativas.
Hoy 25 de septiembre, aniversario de su nacimiento, quiero recordarlo no solamente por la dimensión que alcanzó en la política nacional, sino por el hombre que conocí de cerca, con quien compartí incontables horas, de quien fui lector y asistente después de que una embolia afectara su salud, y a quien tuve el privilegio de acompañar en esa etapa de su vida en la que muchos otros habrían optado por el retiro, el aislamiento o el descanso. Don Carlos, en cambio, nunca dejó de recibir a su gente.
Mi llegada a su lado tuvo mucho que ver con mi madre, Cándida, quien había sido su condiscípula y una gran amiga. Todavía recuerdo aquella expresión suya cuando me presentó: «Cándida, déjalo ahí». Y ahí me quedé. Sin imaginar entonces que estaba entrando a una de las escuelas más extraordinarias de mi vida.
Don Carlos nació en Champotón el 25 de septiembre de 1918. Fue hijo de Ulises Sansores y María del Carmen Pérez, y llevó consigo una tradición política profundamente arraigada en las luchas sociales de Campeche. Se formó en el Instituto Campechano, estudió Derecho y construyó una trayectoria que lo llevaría de la política local a las más altas responsabilidades nacionales.
Fue gobernador de Campeche de 1967 a 1973, diputado federal en varias legislaturas, senador de la República, presidente nacional del Partido Revolucionario Institucional y director general del ISSSTE. Su cercanía con el presidente Luis Echeverría Álvarez lo colocó en los círculos más importantes de decisión del país y su nombre llegó a mencionarse entre quienes podían aspirar a la Presidencia de la República.
Pero yo no quiero quedarme solamente con el currículum de don Carlos. Su trayectoria política está escrita en la historia de Campeche y de México. Quiero hablar del hombre que yo conocí, del que recibí lecciones que ninguna universidad me habría podido enseñar y que todavía hoy, tantos años después de su partida, siguen acompañándome.
La Casa Blanca de San Pedro era mucho más que la residencia de un exgobernador. Era una casa de puertas abiertas para los campechanos.
Llegaba gente de todas partes del estado. Campesinos, pescadores, mujeres de los pueblos, antiguos colaboradores, amigos, personas que acudían a pedir algún favor o simplemente a agradecer lo que don Carlos había hecho por ellos. Algunos llevaban unos huevitos, otros una gallina, otros un cochinito. Eran regalos humildes, pero cargados de un agradecimiento que no se puede medir en dinero.
Aquella gente no iba a ver al expresidente nacional del PRI ni al exgobernador. Iba a ver a don Carlos, al hombre que conocía sus nombres, sus pueblos, sus familias y sus problemas.
Después de la embolia, cuando su movilidad ya estaba limitada, muchas veces yo bajaba a recibir a quienes llegaban a buscarlo. Los escuchaba, tomaba nota de sus necesidades y luego subía a contarle quién había llegado y qué quería. Recuerdo perfectamente una de aquellas conversaciones, que bien podría resumir lo que don Carlos significó para mí.
—Tomás, ¿qué quiere doña Panchita?
—Don Carlos, tiene a su hija enferma en el hospital y necesita quinientos pesos.
—Dale mil, Tomás.
Y cuando yo pensaba que el asunto estaba resuelto, venía la verdadera lección.
—¿Ya viste cómo se va a regresar esa mujer a su pueblo? ¿Ya comió? ¿Ya la atendió el doctor? Háblale al doctor para saber qué necesita su hija.
Eso era don Carlos Sansores Pérez.
No se conformaba con entregar quinientos pesos cuando alguien le pedía quinientos. No se conformaba con resolver la necesidad que la persona había tenido el valor de expresar. Quería saber qué había detrás de esa necesidad, qué otra preocupación llevaba aquella mujer sobre los hombros y qué podía hacer para que regresara a su casa con una carga menos.
«Tomás, siempre supera las expectativas de la gente».
Esa fue una de las enseñanzas más poderosas que recibí de él. Y no la aprendí en un discurso, en una conferencia ni en una clase de política. La aprendí viendo cómo trataba a las personas.
Porque la verdadera generosidad no consiste solamente en dar lo que nos piden. Consiste en tener la sensibilidad para descubrir aquello que el otro necesita y que muchas veces ni siquiera se atreve a pedir.
Eso es humanismo.
Y a mí me consta.
No me lo contaron. No lo leí en una biografía. No me lo dijeron sus admiradores. Lo viví personalmente, durante innumerables jornadas en aquella casa de San Pedro.
Además, hay algo que quiero subrayar porque distingue profundamente lo que hacía don Carlos: aquello sucedía durante todo el año. No era una práctica reservada para las campañas políticas ni para las vísperas de una elección. No había urnas de por medio, ni candidaturas que promover, ni votos que solicitar.
Era permanente.
Y cuando un hombre sigue atendiendo a su pueblo después de haber dejado los cargos públicos, cuando ya no tiene una elección que ganar y su salud le impide incluso bajar a recibir personalmente a quienes lo buscan, uno comienza a comprender que su relación con la gente iba mucho más allá de la política.
Yo vi a un hombre que entendía el poder como una responsabilidad humana y que conservaba, aun después de haber alcanzado las más altas posiciones nacionales, una extraordinaria cercanía con sus paisanos.
EL GOBERNADOR QUE MIRÓ HACIA EL CAMPO.- La historia también registra una vertiente fundamental de su gobierno: la transformación del campo campechano.
Don Carlos comprendió que el desarrollo de Campeche no podía construirse exclusivamente desde los escritorios de la capital. Había que mirar hacia las comunidades rurales, hacia el campesino que necesitaba producir, hacia el ganadero, hacia el pescador y hacia los pueblos que durante décadas habían permanecido aislados.
Durante su administración se impulsaron la agricultura, particularmente el cultivo del arroz, la ganadería y la pesca. También se fortaleció la infraestructura educativa y de comunicaciones, mediante la creación de centros de enseñanza agropecuaria, escuelas pesqueras y carreteras que contribuyeron a integrar regiones productivas del estado.
Entre las obras documentadas de aquel periodo figuran las carreteras Champotón-Isla Aguada, Escárcega-Villahermosa y Sabancuy-Chibul, así como las conexiones de Palizada y Candelaria con la carretera Panamericana. Se desarrollaron caminos internos en distintos municipios y se ampliaron servicios educativos y de salud.
La dimensión de esa política puede entenderse mejor cuando recordamos las condiciones del Campeche de aquellos años. Las carreteras no eran solamente caminos: representaban la posibilidad de que los productos llegaran a los mercados, de que las comunidades tuvieran acceso a servicios y de que el desarrollo comenzara a extenderse hacia territorios históricamente apartados.
La historia de Campeche dedica un apartado precisamente a la transformación del campo durante el gobierno de Carlos Sansores Pérez. También se ha descrito su extraordinaria capacidad para reconocer personalmente a los campechanos entre las multitudes y llamarlos por su nombre.
Ese detalle me parece fundamental, porque coincide plenamente con el hombre que yo conocí muchos años después.
Don Carlos nunca perdió la capacidad de reconocer a su gente. Y su gente nunca perdió la costumbre de acudir a buscarlo.
LA CASA DONDE CONOCÍ A PERSONAJES DE LA HISTORIA.- Si la Casa Blanca de San Pedro fue para mí una escuela de humanismo, también fue una extraordinaria universidad política, cultural e intelectual.
Por aquella casa pasaron hombres que marcaron capítulos fundamentales de la historia mexicana y latinoamericana. Tuve el privilegio de conocer ahí a Luis Donaldo Colosio Murrieta, a Carlos Salinas de Gortari y a monseñor Ernesto Corripio Ahumada.
También conocí a personajes vinculados con la Revolución nicaragüense, como Tomás Borge y Ernesto Cardenal. A don Baxora Saidein, a quien recuerdo con particular afecto, y a Víctor Cervera Pacheco, el inolvidable Balo Cervera, quien llegaría a ocupar un lugar destacado en la historia política de Yucatán.
No eran encuentros que yo hubiera podido conseguir por mi propia cuenta. Eran personajes que llegaban a visitar a don Carlos, a conversar con él, a saludarlo o a presentarle sus respetos.
Y ahí estaba yo, muchísimas veces, escuchando, observando y aprendiendo.
Imaginen lo que significaba para un periodista en formación encontrarse con aquellos personajes, conocer de cerca sus expresiones, escuchar sus conversaciones y descubrir que detrás de las figuras que aparecían en los periódicos existían seres humanos de carne y hueso.
Don Carlos me abrió las puertas de un mundo al que difícilmente habría tenido acceso de otra manera. Pero, más importante todavía, me enseñó a no dejarme deslumbrar por la cercanía con el poder.
Recuerdo una frase suya que siempre he llevado conmigo:
«Con los poderosos, respeto, pero nunca sumisión».
Era una enseñanza que tenía un significado profundo para quienes, como yo, habíamos elegido el periodismo como vocación de vida.
Podía sentarse con presidentes de la República, dirigentes políticos, intelectuales, religiosos y personajes internacionales, y al mismo tiempo preocuparse porque doña Panchita tuviera dinero suficiente para regresar a su pueblo.
Ahí estaba la verdadera dimensión del hombre que yo conocí.
EL HOMBRE QUE NO QUERÍA VER A LOS CAMPECHANOS DESTRUIRSE ENTRE SÍ.- Hay otra enseñanza de don Carlos que cobra particular importancia en estos tiempos y que he venido recuperando en mis reflexiones sobre las causas que han impedido el desarrollo pleno de Campeche.
Don Carlos tenía muy clara una de nuestras grandes debilidades históricas: esa tendencia de los campechanos a enfrentarnos, dividirnos y tratar de impedir el crecimiento de quien tenemos al lado.
La famosa lata de cangrejos.
Él conocía profundamente la historia política de Campeche, sus enfrentamientos, sus rivalidades y las heridas que habían dejado las luchas entre familias, grupos y personajes que, en lugar de unir sus capacidades para engrandecer al estado, terminaron debilitándose mutuamente.
Sabía que Campeche tenía recursos, talento, historia y posibilidades para alcanzar un desarrollo mucho mayor. Y comprendía que no bastaba con construir carreteras, escuelas o proyectos productivos si los propios campechanos no aprendíamos a reconocer el valor de los demás.
En aquella casa entendí que la grandeza de un hombre no debía medirse por el tamaño de su poder, sino por su capacidad de contribuir a que otros también crecieran.
Don Carlos era un hombre de su tiempo, formado en una época de grandes confrontaciones políticas, pero también era un hombre capaz de comprender que el rencor no puede convertirse en proyecto de vida.
Y aquí quiero recordar una confidencia profundamente personal que me hizo y que he conservado durante muchos años.
Me contó que en una ocasión llevaron ante él al hombre señalado como autor material del asesinato de su padre, don Ulises Sansores. Aquella tragedia familiar estaba vinculada con las violentas luchas políticas que marcaron la historia de Campeche.
Don Carlos me relató que, en lugar de tomar represalias, decidió perdonarlo.
No pretendo convertir aquel recuerdo personal en una reconstrucción judicial de los hechos. Lo importante para mí es la lección que él quiso transmitirme: el hombre que había conocido el dolor de perder violentamente a su padre no quiso hacer de la venganza el destino de su propia vida.
Aquella confidencia me permitió conocer una dimensión todavía más profunda de su personalidad.
Porque cualquiera puede hablar de perdón cuando no tiene nada que perdonar. Lo verdaderamente difícil es hacerlo cuando se ha sufrido una herida que acompaña toda la vida.
LA GRANDEZA DE DON CARLOS TAMBIÉN ESTABA EN SU FAMILIA
No puedo recordar a don Carlos sin evocar a doña Elsa San Román de Sansores, Elsita, como cariñosamente la conocíamos.
Una gran dama campechana, discreta, sensible, culta y profundamente humanista, que acompañó a su esposo durante tantos años y que también dejó su propia huella en nuestra sociedad.
Guardo un recuerdo particularmente hermoso de ella. En cierta ocasión organizó dos conciertos de Raphael en Campeche. Uno tenía como propósito recaudar fondos; el otro fue gratuito, en la Concha Acústica, para que la gente pudiera disfrutar de aquel extraordinario artista.
Cuando explicaba por qué había organizado ese segundo concierto, su respuesta era tan sencilla como reveladora:
«Los campechanos se merecen lo mejor».
¡Qué extraordinaria coincidencia de pensamiento entre aquellos dos seres humanos!
Don Carlos me enseñaba a superar las expectativas de quien necesitaba ayuda. Doña Elsa entendía que los campechanos merecían lo mejor, independientemente de su condición económica.
Era una concepción profundamente humana de la vida que se expresaba de distintas maneras, pero que tenía una misma raíz: el respeto por la dignidad de las personas.
MI MAESTRO, MI AMIGO, MI MENTOR
He tenido el privilegio, a lo largo de más de 45 años de ejercicio periodístico, de conocer a gobernadores, presidentes de la República, dirigentes políticos, empresarios, intelectuales y personalidades de nuestro país y del extranjero.
He aprendido de muchos de ellos. Algunos me han distinguido con su amistad. Otros me han permitido conocer facetas de la vida pública que difícilmente aparecen en las noticias.
Pero don Carlos Sansores Pérez ocupa un lugar especial en mi vida.
Porque con él aprendí algo que va mucho más allá de la política y del periodismo.
Aprendí a mirar a las personas.
A comprender que detrás de cada petición hay una historia que merece ser escuchada. Que detrás de una mujer que necesita quinientos pesos para atender a su hija enferma puede haber una familia entera enfrentando una tragedia. Que entregar el dinero solicitado puede resolver una necesidad inmediata, pero interesarse por lo que ocurrirá después puede cambiar profundamente la experiencia de esa persona.
Aprendí también que el conocimiento no debe producir soberbia, que la cercanía con los poderosos no debe convertirse en sumisión y que las oportunidades que recibimos adquieren mayor sentido cuando nos permiten abrirles camino a otros.
Don Carlos me enseñó todo eso sin proponerse convertir cada conversación en una lección.
Lo hacía con su ejemplo.
Y hoy comprendo que esa es una de las formas más extraordinarias de enseñar.
A veces me pregunto si he logrado estar a la altura de aquellas enseñanzas. Si en el ejercicio de mi profesión, en mis relaciones personales y en las oportunidades que la vida me ha brindado he sido capaz de superar las expectativas de quienes han depositado su confianza en mí.
No siempre lo habré conseguido. Seguramente he cometido muchos errores. Pero puedo decir que aquella voz sigue acompañándome.
«Tomás, dale mil».
«¿Ya viste cómo se va a regresar a su pueblo?».
«¿Ya hablaste con el doctor?».
«Siempre supera las expectativas de la gente».
Han pasado los años, han cambiado los gobiernos, las generaciones y las circunstancias del país. Don Carlos se fue físicamente el 21 de diciembre de 2005, pero esas palabras siguen teniendo para mí la misma fuerza que cuando las escuché en aquella casa de San Pedro.
Hoy 25 de septiembre, al cumplirse 108 años de su nacimiento, no quiero recordarlo únicamente como el gobernador que impulsó el campo campechano, el senador que alcanzó las más altas responsabilidades del Congreso, el dirigente nacional del PRI o el hombre cuya cercanía con la Presidencia de la República le permitió ocupar un lugar destacado en la historia política de México.
Quiero recordar al hombre que recibía con el mismo interés a los personajes más importantes del país y a la humilde mujer que llegaba desde un pueblo con unos huevitos para agradecerle un favor.
Al hombre que nunca dejó de atender a sus paisanos.
Al hombre que sabía que la generosidad debía ir más allá de lo que nos pedían.
Al hombre que me abrió las puertas de su casa y terminó abriéndome también las puertas de una manera distinta de entender la vida.
Don Carlos Sansores Pérez no solamente me enseñó a superar las expectativas de los demás. Me enseñó a exigirme más a mí mismo como ser humano.
Y esa es una deuda de gratitud que llevaré conmigo mientras viva.
Gracias, don Carlos, por su amistad, por su confianza, por sus enseñanzas y por haberme permitido acompañarlo en una parte de su vida.
Gracias por haberme enseñado que la verdadera grandeza de un hombre no está en lo que llega a ser, sino en lo que es capaz de hacer por los demás.
Gracias por enseñarme que ayudar no es solamente dar, sino comprender.
Y gracias, sobre todo, por haberme mostrado que detrás de un gran personaje de la política puede existir un ser humano todavía más grande.
Don Carlos Sansores Pérez: mi maestro, mi amigo, mi mentor.
¡Su recuerdo sigue vivo en mi corazón y sus enseñanzas siguen acompañando mi camino!
Tomás Zapata Bosch