
CAMPECHE: 169 AÑOS BUSCANDO CULPABLES
Por Tomas Zapata Bosch
Una cosa es la percepción y otra la realidad. Pero hay algo todavía peor: cuando la realidad se convierte en munición política y dejamos de discutir cómo resolver los problemas para dedicarnos exclusivamente a encontrar a quién echarle la culpa. Y eso es precisamente lo que estamos haciendo otra vez en Campeche. Cierran negocios y unos corren a responsabilizar al gobierno; se crean empleos y otros corren a presumir que aquí no pasa nada. Baja un indicador y la oposición anuncia prácticamente el apocalipsis; mejora otro y desde el gobierno se utiliza para asegurar que vamos por el camino correcto. Cada quien escoge el pedazo de realidad que le conviene, lo sube a las redes sociales y comienza la batalla. Mientras tanto, Campeche sigue esperando.
El problema es que esta historia no comenzó con este gobierno. Tampoco comenzó con el anterior ni con el anterior al anterior. Y sería demasiado simple decir que durante buena parte de nuestra historia moderna Campeche fue gobernado prácticamente por un mismo partido y dejar ahí la explicación. Porque incluso dentro de las mismas fuerzas políticas existieron grupos, cacicazgos, familias y facciones que se enfrentaron ferozmente por el control del poder. Hubo rupturas, persecuciones, intimidaciones y episodios de violencia política que llegaron incluso al asesinato. Ni siquiera cuando aparentemente gobernaban “los mismos” estábamos necesariamente unidos. Debajo de las mismas siglas se libraban luchas feroces entre grupos políticos. Hemos invertido una cantidad brutal de energía en destruir al adversario, impedir que el otro avance, cobrar agravios y disputar quién controla el poder, mientras la construcción de un proyecto económico común siempre termina esperando.
Desde que comenzó nuestra emancipación política en 1857 mas tardaron nuestros proceres fundadores en crear ese Estado, en que ya estaban destruyendose entre ellos mismos. La historia no miente. Hemos tenido épocas extraordinarias y épocas terriblemente difíciles. Vivimos del palo de tinte, de las maderas, del chicle, de la pesca, del camarón y finalmente del petróleo. Llegaron carreteras, universidades, puertos, electricidad, telecomunicaciones, Pemex y cantidades de dinero que nuestros antepasados jamás hubieran podido imaginar. Cambió el país, cambió el mundo y cambió Campeche. Sin embargo, hay algo que parece sobrevivir generación tras generación: nuestra extraordinaria capacidad para encontrar culpables y nuestra enorme dificultad para asumir colectivamente responsabilidades. Aca aparece inevitablemente Gustavo Martínez Alomía. En 1909 publicó Causas que han determinado la decadencia del Estado de Campeche. Han pasado 117 años y lo verdaderamente preocupante no es lo que escribió entonces, sino descubrir cuánto de aquel diagnóstico continúa resultándonos familiar. Martínez Alomía no conoció a Morena, Movimiento Ciudadano, al PAN ni al PRI. No estaba escribiendo contra ningún gobernador del siglo XXI. Estaba tratando de explicar al Campeche de principios del siglo XX. Y ese es precisamente el madrazo: que en 2026 todavía podamos abrir aquel libro y reconocernos. Siguen siendo particularmente vigentes los capítulos sexto y séptimo de esa obra, porque al leerlos resulta inevitable establecer el paralelismo con nuestro presente: los políticos continúan enfrentándose entre sí y continúan enfrentándonos a los campechanos, dividiéndonos y arrastrándonos a sus pleitos por sus muy particulares intereses personales y de grupo. Cambiaron los nombres, cambiaron los partidos y cambiaron los tiempos; lo que lamentablemente no parece haber cambiado suficientemente es esa vieja costumbre de anteponer la disputa por el poder al interés superior de Campeche.
Hoy volvemos a discutir si Campeche está o no en crisis. Otra vez convertimos la economía en una pelota que gobierno y oposición se arrojan mutuamente. Si cierra un restaurante, inmediatamente aparece quien lo presenta como prueba definitiva del fracaso gubernamental; si se generan empleos durante un mes, aparece quien pretende utilizar el dato para demostrar que el problema desapareció. Ninguno de los dos extremos nos sirve. Claro que hay que reconocer cada empleo que se crea, cada empresa que llega y cada negocio que abre. Ojalá sean muchos más. Nadie sensato debería desear que fracase un gobierno solamente para demostrar que tenía razón políticamente. Cuando a Campeche le va bien, nos va bien a todos, independientemente de quién gobierne.
Pero reconocer lo positivo tampoco significa cerrar los ojos. Campeche arrastra un problema económico estructural que no nació ayer. Los números recientes son suficientemente serios para tomarlos en cuenta sin necesidad de convertirlos en bandera partidista. Y aquí también tenemos que ser justos: no es que los gobernadores anteriores no hayan querido hacer las cosas. Sería demasiado fácil y, sobre todo, históricamente injusto reducir décadas de dificultades económicas a una supuesta falta de voluntad de quienes han gobernado Campeche. Muchos intentaron diferentes caminos, algunos con mayor éxito que otros, pero durante muchísimo tiempo simplemente no tuvimos juntas varias de las condiciones estructurales indispensables para dar el salto que necesitábamos.
Durante décadas dependimos extraordinariamente del gasto público y después del petróleo. Mientras Pemex movía cantidades enormes de dinero, mientras había obra pública y mientras miles de trabajadores recibían buenos ingresos, construimos una economía alrededor de aquella riqueza. El dinero llegaba y circulaba. La construcción generaba empleo, compraba materiales, contrataba proveedores y llevaba dinero a comercios, restaurantes y servicios. La obra pública fue durante muchísimo tiempo uno de los grandes motores de la circulación económica campechana. Durante el primer trienio de esta admnistracion, El Tren Maya, el tren ligero y obras afines, le abonaron a este punto. El problema fue que terminamos confundiendo la circulación del dinero con la construcción de una economía capaz de sostenerse por sí misma.
Cuando aquella extraordinaria locomotora petrolera comenzó a perder fuerza descubrimos algo que debimos prever mucho antes: debajo del petróleo no habíamos construido suficientemente otra economía capaz de sustituirlo. Y entonces volvimos a esperar. Esperar presupuesto federal, esperar obra pública, esperar participaciones, esperar otra inversión gubernamental, esperar que alguien desde afuera viniera a resolver nuestros problemas. Esperar siempre.
Pero tampoco estamos descubriendo el hilo negro. Basta mirar a nuestros vecinos para entenderlo. Yucatán no llegó al lugar económico que ocupa hoy por generación espontánea ni porque un día amanecieran decenas de empresas queriendo invertir en Mérida. Lo que vemos hoy es el resultado de un proceso acumulativo de varias décadas, de gobiernos diferentes y de una sociedad que gradualmente fue construyendo una cultura productiva.
Víctor Cervera Pacheco entendió desde los años ochenta algo fundamental: Yucatán no podía continuar dependiendo eternamente del henequén. Había que preparar al estado para producir otra cosa, atraer inversión, construir infraestructura y crear empleos. Impulsó la ampliación del Puerto de Altura de Progreso, cuya zona ganada al mar terminaría siendo conocida popularmente como la “Isla Cervera”; promovió infraestructura carretera y parques industriales y después profundizó la llegada de la industria maquiladora. Aquellas maquiladoras ciertamente no resolvieron todos los problemas de ingreso ni fueron un modelo perfecto, pero comenzaron a modificar la estructura laboral y productiva del estado.
Y ocurrió algo todavía más importante: aquel proceso no terminó cuando terminó Cervera. Otros gobernadores llegaron después y, con diferencias políticas, estilos distintos y prioridades propias, continuaron desarrollando infraestructura, conectividad, industria, servicios, turismo y atracción de inversiones. Hoy Yucatán tiene presencia en actividades manufactureras, tecnológicas y aeroespaciales y continúa ampliando Progreso, fortaleciendo su infraestructura energética y buscando nuevas inversiones. Eso no ocurrió en un sexenio. Ocurrió porque muchas decisiones terminaron concatenándose durante décadas.
También ocurrió porque la propia sociedad yucateca se transformó. Una sociedad históricamente atravesada por profundas diferencias sociales, por viejas élites económicas —aquella llamada “casta divina”—, por sectores populares, empresarios locales y posteriormente por la llegada de capital y población del centro, del norte y de otras partes del país, terminó desarrollando redes empresariales y productivas capaces de convivir, competir y hacer negocios. No desaparecieron las diferencias ni los pleitos políticos. Lo importante es que una parte creciente de la energía social se orientó a producir, invertir y generar actividad económica.
Ahí está la lección para Campeche. No necesitamos copiar a Yucatán. Necesitamos entender el principio: el desarrollo no se improvisa, se acumula. Una carretera sirve porque conecta con un puerto; el puerto sirve porque existe industria que exporta; la industria llega porque tiene energía, gas, agua y logística; las empresas se instalan porque encuentran trabajadores capacitados y certeza para invertir; esos trabajadores consumen y hacen crecer el comercio y los servicios. Una pieza hace posible la siguiente. Y cuando durante veinte, treinta o cuarenta años no se rompe esa cadena cada vez que cambia un gobernador, finalmente comienzan a verse los resultados.
Por eso creo que también tenemos que mirar con otra perspectiva el momento que atraviesa Campeche. El gobierno de Layda Sansores puede entenderse, desde el punto de vista económico, como un gobierno de transición: un periodo en el que están comenzando a coincidir piezas de infraestructura y decisiones que durante muchos años Campeche no tuvo simultáneamente. Eso no significa afirmar que el desarrollo ya llegó ni atribuir anticipadamente resultados que todavía tendrán que medirse. Significa reconocer que se están construyendo condiciones que podrían ser aprovechadas por éste y por los gobiernos que vengan después.
Ahí están el gas natural y la infraestructura energética que se impulsa para la península; el Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar de Seybaplaya; la infraestructura portuaria; el Tren Maya y su vertiente de carga; el acuaférico que debe fortalecer el abastecimiento de agua de la capital; la tarifa eléctrica 1F; las carreteras y la necesidad de recuperar plenamente la capacidad logística del Puerto Isla del Carmen, donde nuevamente se trabaja en el dragado del canal de acceso. Cada proyecto por separado puede parecer insuficiente. Lo verdaderamente importante es lo que puede ocurrir cuando comienzan a conectarse.
Ésa puede ser la oportunidad histórica de Campeche. No porque un gobierno vaya a resolver en seis años un problema construido durante más de un siglo, sino precisamente porque podemos comenzar a construir las condiciones para que los siguientes gobiernos continúen lo que hoy se está haciendo. El desarrollo económico serio no cabe en un sexenio. Mucho menos en un trienio. Aquí está precisamente el peligro: que volvamos a hacer lo de siempre. Que el próximo gobierno quiera borrar lo que hizo el anterior simplemente porque lo hizo el anterior. Que cambiemos nombres, abandonemos proyectos, desmontemos programas y volvamos a comenzar desde cero. Así jamás vamos a llegar a ninguna parte.
Por eso Campeche necesita un Gran Acuerdo por el Desarrollo Económico. Y cuando digo grande, hablo de algo verdaderamente grande: un acuerdo que sobreviva gobernadores, alcaldes, presidentes de la República, partidos políticos, elecciones y generaciones. No otra fotografía de políticos tomados de la mano ni otro foro con discursos, mesas de trabajo y presentaciones que seis meses después nadie recuerda. Un acuerdo con empresarios, trabajadores, universidades, productores, comerciantes, constructores, profesionistas, sociedad civil, municipios, Gobierno del Estado y Gobierno Federal para definir qué Campeche queremos dentro de treinta años y cuáles son las diez, quince o veinte decisiones fundamentales que tenemos que sostener para llegar hasta allá.
Que cambie el gobernador y continúe el proyecto. Que cambie el alcalde y continúe. Que cambie el Presidente de la República y Campeche siga peleando por él. Que gobierne Morena, Movimiento Ciudadano, el PRI, el PAN o quien los campechanos decidan democráticamente y que los proyectos estratégicos que hayan demostrado técnica, económica y socialmente su utilidad no tengan que comenzar nuevamente desde cero. Gas natural, puertos, ferrocarril de carga, energía, agua, carreteras, agroindustria, turismo, industria de transformación, logística, tecnología, capacitación, educación e inversión privada. Todo conectado. Todo medible. Todo con responsables, plazos y resultados. Y por encima de todo una obsesión: empleos. Empleos productivos, empleos permanentes y, sobre todo, empleos cada vez mejor pagados.
No estoy proponiendo que todos pensemos igual. Eso sería absurdo y antidemocrático. Que los partidos se enfrenten en las elecciones. Que la oposición fiscalice. Que el gobierno rinda cuentas. Que los periodistas cuestionemos. Que los ciudadanos critiquen. Para eso existe una democracia. Lo que tenemos que aprender es algo mucho más elemental: podemos pelearnos por quién gobierna sin destruir aquello que puede servirle a Campeche durante los próximos treinta años.
Porque llevamos demasiado tiempo haciendo exactamente lo contrario. Antes eran los panfletos. Después fueron las mesas de los cafés donde se despedazaban reputaciones y se construían conspiraciones. Hoy son Facebook, X, WhatsApp, TikTok y las demás redes sociales. Cambió la tecnología, pero en demasiadas ocasiones seguimos haciendo exactamente lo mismo: destruirnos entre nosotros. Hoy un campechano escribe algo y otro inmediatamente necesita demostrar que es un imbécil. Un gobierno anuncia algo y sus adversarios necesitan demostrar que necesariamente fracasará. Un opositor señala un problema y desde el otro lado inmediatamente se busca desacreditarlo personalmente. Nos interesa demasiado quién dijo algo y demasiado poco si lo que dijo puede servir. Ese ruido nos está costando demasiado. Porque mientras nosotros nos peleamos en las redes sociales, otros estados compiten por las inversiones. Mientras nosotros discutimos quién se llevará el mérito, otros construyen parques industriales. Mientras nosotros nos preguntamos de qué partido es una propuesta, otros se preguntan cuántos empleos va a generar.
Gustavo Martínez Alomía escribió sobre las causas de nuestra decadencia en 1909. Ciento diecisiete años después seguimos citándolo. Y eso debería preocuparnos muchísimo. Cambiaron los gobiernos, cambiaron los partidos, llegó el petróleo, llegó Pemex, construimos carreteras, universidades y puertos, apareció Internet y ahora discutimos desde un teléfono que llevamos en el bolsillo. Pero hay algo que no hemos conseguido cambiar suficientemente: nosotros. Quizá ésa sea la infraestructura más difícil que todavía tenemos pendiente. No es un gasoducto. No es un puerto. No es un ferrocarril. No es un acuaférico. Es aprender a construir juntos.
Porque podemos tener gas natural, puertos, tren de carga, agua, energía, polos industriales y carreteras. Podemos tener todas las piezas sobre la mesa. Pero si cada seis años volvemos a patear el tablero porque cambió quien gobierna, habremos desperdiciado otra oportunidad histórica. Ya estuvo bueno.
No necesitamos otro diagnóstico sobre las causas de la decadencia de Campeche. Gustavo Martínez Alomía comenzó a escribirlo hace más de un siglo. Lo que necesitamos es comenzar a escribir, de una puta vez, las causas del desarrollo de Campeche. Esas no las va a escribir Morena, ni Movimiento Ciudadano, ni el PRI, ni el PAN. Tampoco las va a escribir Layda Sansores ni ningún gobernador por sí solo. Las tenemos que escribir todos y, sobre todo, tenemos que permitir que quienes vengan después continúen escribiéndolas.
Porque dentro de cien años ninguno de nosotros estará aquí. Los gobernadores se habrán ido, los partidos probablemente serán otros, nuestros pleitos en Facebook no le importarán absolutamente a nadie y hasta nuestros nombres probablemente se habrán olvidado.
Pero Campeche seguirá aquí.
Y si en 2126 algún Campechano vuelve a abrir el libro de Gustavo Martínez Alomía y descubre que todavía sirve para explicar lo que le pasa a Campeche, entonces tendremos que aceptar una verdad mucho más dolorosa que cualquier crisis económica: el problema nunca fueron solamente los gobiernos que tanto nos gusta culpar. El problema fue que durante demasiado tiempo no supimos continuar, no supimos ponernos de acuerdo y no supimos construir juntos