
PEMEX: LOS HOMBRES QUE DOMARON EL DERRAME
Hay trabajos que solamente recordamos cuando algo sale mal. Mientras todo funciona, mientras el petróleo corre por kilómetros de tuberías en el fondo del mar, mientras las plataformas producen y la maquinaria trabaja día y noche allá afuera, nadie pregunta quién está detrás de todo aquello. Pero basta que algo falle para que entonces sí volteemos hacia el Golfo de México.
Eso ocurrió hace unos días frente a las costas de Campeche. Hubo una fuga de petróleo. Un ducto marino presentó una pérdida de presión y apareció crudo en el mar. El Observatorio Permanente del Golfo de México detectó el incidente y las alarmas se encendieron. La noticia, inevitablemente, fue el derrame. Pero detrás de esa noticia hay otra historia que también merece ser contada: La de los hombres que fueron a enfrentarlo.
Porque trabajar con petróleo tiene riesgos. Siempre los ha tenido. Los tiene Pemex y los tienen las mayores compañías petroleras del mundo. Extraer hidrocarburos en medio del océano, transportarlos a través de tuberías instaladas en el fondo marino y mantener durante décadas esa gigantesca infraestructura supone riesgos que ninguna tecnología puede eliminar por completo. Lo que distingue a una empresa responsable no es prometer que jamás ocurrirá un incidente, sino estar preparada para responder cuando ocurra. Y Pemex respondió.
Cuando se detectó la caída de presión en el ducto que recibe hidrocarburos de instalaciones de Ek y Balam, comenzó una operación que desde tierra puede parecer sencilla, pero que en medio del Golfo adquiere otra dimensión. Había que detener el flujo, cerrar válvulas, aislar el ducto y evitar que siguiera saliendo petróleo. Había que contener lo que ya estaba en el mar y, al mismo tiempo, encontrar exactamente dónde estaba la falla bajo el agua. No hubo tiempo para discursos.
Se movilizaron embarcaciones especializadas. Se colocaron barreras oleofílicas para contener el hidrocarburo. Se realizaron trabajos de dispersión mecánica y recuperación del crudo. La Secretaría de Marina activó sus protocolos de contingencia y desplegó personal, embarcaciones y aeronaves para sumarse a la operación. Mientras unos trabajaban sobre la superficie del mar, otros tenían que ir hasta donde realmente estaba el problema: Abajo.
Buzos especializados descendieron hasta el ducto y localizaron el punto de pérdida. Para llegar a la tubería hubo que trabajar sobre el propio lecho marino, retirar material y comenzar a liberar el concreto que protege y mantiene estable el ducto. Después vendría la preparación de una envolvente metálica para reparar la sección afectada. Todo esto ocurre donde nosotros no vemos nada.
No hay Instagram, o Facebook, con cámaras siguiendo al trabajador que baja al fondo del Golfo. No hay aplausos para el técnico que determina qué válvula debe cerrarse. Nadie conoce el nombre del operador que permanece durante horas en una embarcación tratando de recuperar petróleo de la superficie. Tampoco conocemos al ingeniero que tiene que decidir cómo intervenir una tubería submarina sin provocar un problema mayor. Pero ahí están. Todos ellos exponiendo sus vidas. También ellos son Pemex.
Durante muchos años hemos hablado de Petróleos Mexicanos como si solamente fuera una enorme estructura administrativa. Hablamos de sus deudas, de sus directores, de sus sindicatos, de sus problemas financieros, de corrupción cuando la ha habido, de decisiones políticas equivocadas y de instalaciones que necesitan mantenimiento. Todo eso debe discutirse y señalarse. Pemex es de los mexicanos y precisamente por eso no puede estar exenta de crítica. Pero Pemex es mucho más que sus oficinas.
Pemex también es el trabajador que se sube a una plataforma en medio del Golfo. Es el ingeniero mexicano que aprendió a trabajar con tecnología petrolera de enorme complejidad. Es el técnico que conoce instalaciones que llevan décadas funcionando mar adentro. Es el buzo que desciende hasta una tubería dañada mientras arriba solamente vemos agua. Campeche conoce perfectamente esa historia.
Durante casi medio siglo, la Sonda de Campeche ha sido una de las grandes escuelas petroleras de México. Aquí se formaron generaciones enteras de trabajadores. Aquí aprendieron mexicanos a perforar en el mar, construir plataformas, operar instalaciones, mantener ductos y enfrentar emergencias. Detrás de Cantarell, Ku-Maloob-Zaap, Ek y Balam no solamente existen millones de barriles producidos. Existe conocimiento mexicano acumulado durante décadas.
Por eso lo sucedido merece ser observado desde dos perspectivas. La primera es inevitable: hubo un derrame y Pemex tendrá que explicar exactamente qué ocurrió. Tendrá que informar cuánto petróleo llegó al mar, cuál fue la causa de la falla, cuál es la extensión real de la afectación y si hubo alguna omisión en el mantenimiento del ducto. Reconocer la capacidad de sus trabajadores no significa extender un cheque en blanco a la empresa. Al contrario. Una empresa grande también demuestra su grandeza siendo transparente cuando algo falla.
Pero existe otra parte de esta historia que tampoco debemos esconder. Cuando ocurrió la emergencia hubo mexicanos que supieron qué hacer. Supieron cerrar el ducto. Supieron contener el hidrocarburo. Supieron desplegar las barreras. Supieron movilizar embarcaciones. Supieron encontrar bajo el agua el punto exacto del problema. Supieron llegar hasta él y comenzaron a repararlo.
Eso se llama capacidad y esa capacidad no apareció simplemente ayer. Es producto de décadas de experiencia de trabajadores mexicanos que han convertido a la Sonda de Campeche en su lugar de trabajo, muchas veces lejos de sus familias, enfrentando condiciones que quienes vivimos en tierra difícilmente alcanzamos a comprender.
Por supuesto que habrá que esperar el balance ambiental definitivo. Habrá que saber cuánto se derramó y asegurarnos de que el petróleo no termine afectando nuestras costas. Y si alguien fue responsable por negligencia, tendrá que responder. Eso también forma parte de defender a Pemex: exigir que funcione correctamente.
Pero también hay que aprender a reconocer cuando las cosas se hacen bien. En México somos extraordinariamente rápidos para señalar al que falla y sorprendentemente mezquinos para reconocer al que cumple.
Esta vez hubo una emergencia petrolera frente a Campeche. Hubo petróleo en el mar y hubo un ducto dañado. Pero también hubo una respuesta. Una respuesta técnica, profesional y, sobre todo, mexicana.
No fueron extranjeros quienes tuvieron que venir a enseñarnos qué hacer. No hubo que esperar especialistas enviados desde algún otro país para enfrentar el problema. Ahí estaban los nuestros. Ingenieros, técnicos, operadores, marinos y buzos mexicanos haciendo lo que durante décadas han aprendido a hacer. Quizá esa sea la parte más importante de esta historia.
El petróleo podrá estar debajo del mar. Los ductos podrán estar enterrados en el lecho del Golfo. Las plataformas podrán encontrarse a decenas de millas de nuestras costas. Pero la verdadera riqueza de Pemex no solamente está debajo de la tierra ni debajo del agua. Está en su gente.
En esos mexicanos cuyos nombres probablemente nunca conoceremos y que, mientras nosotros discutíamos el derrame desde tierra, estaban allá afuera tratando de detenerlo.
El accidente tendrá que investigarse. El daño tendrá que medirse. Lo que haya que reparar tendrá que repararse y las responsabilidades que existan tendrán que asumirse. Pero el trabajo bien hecho también debe decirse. Porque esta vez el Golfo puso a prueba a Pemex y seguramente lo seguirá haciendo pero allá abajo, donde no llegan los discursos ni las campañas políticas, donde solamente cuentan el conocimiento, el valor y la capacidad para hacer el trabajo, hubo mexicanos que respondieron.
Esos son los hombres que domaron el derrame. también ellos son México.
Así pienso yo y me llamo Tomás Zapata BOSCH escribiendo este domingo 13 de septiembre. Día de héroes nacionales.