
22 DE AGOSTO DE 1980: LA NOCHE EN QUE EL MAR ENLUTÓ A CAMPECHE
Por Tomás Zapata Bosch
Hay fechas que aparecen en los calendarios y hay otras que permanecen para siempre en la memoria de los pueblos. Para Campeche, el 22 de agosto de 1980 pertenece a estas últimas.
Hace exactamente 46 años, una tragedia estremeció a Isla Aguada, Ciudad del Carmen y a todo Campeche. Aquella noche se hundió la panga “Campeche”, el transbordador que comunicaba Puerto Real con Isla Aguada transportando personas, automóviles, camiones y autobuses.
Fue una de las mayores tragedias en la historia de nuestro estado.
Y quizá lo más doloroso sea que, casi medio siglo después, todavía no sepamos con certeza cuántas personas murieron aquella noche.
Las fuentes históricas no coinciden. Una cronología histórica de Campeche registra alrededor de 100 fallecidos, mientras que documentos publicados en el Periódico Oficial del Estado hablan de por lo menos 80 personas. Otros testimonios y reconstrucciones posteriores elevan considerablemente la cifra. Por eso, más que repetir un número que nadie puede establecer con absoluta certeza, habría que decir algo mucho más sencillo y terrible: aquella noche murieron decenas de campechanos y viajeros, posiblemente más de un centenar.
Era viernes.
El mal tiempo golpeaba la costa. Había lluvia, viento y fuerte oleaje sobre las aguas que separan Puerto Real de Isla Aguada.
Al mando de la embarcación estaba Julio César Quej Parra, un capitán experimentado, con muchos años realizando aquellos cruces y cuya figura terminaría convirtiéndose en uno de los símbolos de aquella tragedia.
La panga llevaba vehículos de carga, automóviles y pasajeros. Diversos testimonios coinciden también en la presencia de un autobús de pasajeros. Lo que resulta difícil establecer, cuatro décadas después y ante versiones contradictorias, es el número exacto de personas que viajaban sobre aquella plataforma flotante.
Pero hay algo sobre lo que prácticamente todas las narraciones coinciden: el mar estaba embravecido.
Cuando la embarcación se encontraba ya cerca de Isla Aguada, aproximadamente a unos 200 metros de tierra firme según diversas reconstrucciones, comenzó la pesadilla.
La panga comenzó a hundirse.
Entonces vino el horror.
Hombres, mujeres y niños intentando salvarse. Personas arrojándose al agua. Gritos provenientes del mar. Habitantes de Isla Aguada corriendo hacia la playa al escuchar la alarma.
“¡La panga se hunde!”
En medio de la oscuridad, la lluvia y el viento, los habitantes comenzaron a auxiliar a quienes podían alcanzar. Después llegarían embarcaciones, rescatistas, ambulancias y autoridades.
Y también comenzarían a aparecer los muertos.
Uno tras otro.
Familias esperando noticias. Personas buscando desesperadamente a padres, hijos, hermanos, esposas, esposos.
Campeche amaneció de luto.
La historia del capitán Julio César Quej Parra merece un lugar aparte.
Durante muchos años se repitió que había permanecido en el puente de mando hasta el final. Distintos relatos posteriores señalan que su cuerpo fue encontrado junto al timón de la embarcación haciendo honor a la tradicion maritima y callando la boca de quienes osaron manchar su nombre.
Pero también surgieron testimonios según los cuales Quej Parra había advertido previamente sobre las condiciones de la panga y sus deficiencias. Algunas reconstrucciones aseguran incluso que había manifestado preocupación por la carga y por salir a navegar en condiciones meteorológicas adversas.
Lo que sí podemos decir es que aquella tragedia dejó al descubierto algo que los habitantes de la región conocían desde hacía tiempo: el sistema de comunicación mediante pangas había llegado a un punto en el que Campeche necesitaba una solución más segura y permanente.
Esa solución sería el Puente de la Unidad. Aquí también conviene hacer una precisión histórica importante. La construcción del puente ya había comenzado en el periodo comprendido entre 1979 y 1982, por lo que no sería correcto afirmar que la obra nació exclusivamente como consecuencia del naufragio. Lo que indudablemente hizo aquella tragedia fue demostrar, de la manera más dolorosa posible, la urgencia de contar con una comunicación terrestre segura entre Isla Aguada y Puerto Real. El puente entraría en operación en 1982, durante las administraciones del presidente José López Portillo y del gobernador Eugenio Echeverría Castellot. Ahí estuve yo presente en ese historico momento del estado.
Pero ningún puente podía devolver las vidas perdidas.
Muchos de quienes hoy transitan entre Isla Aguada y Ciudad del Carmen jamás conocieron aquellas pangas. Para las nuevas generaciones, cruzar por carretera es algo cotidiano. Es difícil imaginar que alguna vez familias completas, autobuses y camiones tenían que subir sobre una enorme plataforma flotante para continuar su camino.
Y precisamente por eso hay que contar esta historia.
Porque los pueblos que olvidan sus tragedias corren el riesgo de olvidar también las lecciones que dejaron.
No se trata de buscar culpables casi medio siglo después.
Se trata de recordar.
Recordar a quienes subieron aquella noche a la panga “Campeche” pensando que unas horas después estarían en casa.
A quienes viajaban rumbo a Campeche, Mérida o cualquier otro destino.
A quienes esperaban del otro lado.
A los habitantes de Isla Aguada que corrieron hacia el mar para intentar salvar vidas.
A quienes participaron en las labores de rescate.
Y también al capitán Julio César Quej Parra, que murió aquella noche junto con su embarcación.
Hoy, 22 de agosto de 2026, a 46 años de aquella tragedia, vale la pena detenernos unos minutos y mirar hacia Isla Aguada.
Porque debajo de las estadísticas había nombres.
Había familias.
Había historias.
Había personas que tenían planes para el día siguiente y nunca pudieron cumplirlos.
El desarrollo de Campeche también se construyó sobre episodios dolorosos como éste.
Que las nuevas generaciones conozcan lo ocurrido no significa vivir atrapados en el pasado.
Significa respetarlo.
A 46 años del hundimiento de la panga “Campeche”, que nuestra memoria sea el homenaje para quienes aquella noche encontraron su destino en las aguas de la Laguna de Términos.
Que nunca los olvidemos.